Tomar en serio el corazón humano

En las últimas semanas la prensa ha hablado en abundancia de la realidad homosexual, especialmente a partir de la noticia de que Canadá ha sido el tercer país en admitir el matrimonio de homosexuales después de Bélgica y Holanda. A los pocos días se hizo público el fallo del Tribunal Supremo americano sobre el caso de Texas que derogaba la ley que penaba la sodomía en Texas, y todo ello coincidió con el 28 de junio, día “internacional” del “Orgullo gay”. Noticias y artículos presentan el hecho como una realidad que se impone, y que la sociedad tiene que aceptar y defender, porque son una minoría que se siente víctima.

En los últimos treinta años el número de personas que declaran ser homosexuales o tener tendencias homosexuales ha crecido significativamente. Esto no prueba en ningún momento el famoso mito de que el 10% de la población tenga esta tendencia, pero sí que en nuestra sociedad occidental se están dando una serie de factores que conducen a desórdenes en la identidad sexual. Aunque la famosa asociación americana de psiquiatría (A.P.A.), eliminó de la lista de desórdenes la homosexualidad, en la realidad, lo llamemos como lo llamemos, es una “anormalidad”, un comportamiento no natural de acuerdo a lo que es el hombre o la mujer como tal. Y entiendo anormalidad no como algo peyorativo, simplemente como algo diferente de lo que nos viene dado por la naturaleza. Nuestra sexualidad no es un rasgo accidental como lo pudiera ser el color del cabello; cada una de nuestras células, de todo nuestro cuerpo, está marcada de acuerdo al propio género: masculino o femenino, xy ó xx. Esto no sucede con ninguna otra dimensión humana. La sexualidad no es un elemento accidental que puede alterarse por “preferencia sexual” sin que afecte esencialmente a la persona. La sexualidad viene dada por la naturaleza, no es un elemento cultural cambiable, aunque se vea influida por la cultura.

Hay que partir de una base: la naturaleza humana es la que es y la realización del ser humano se da en ella, no contra ella. Por ello una alteración en el campo de la sexualidad afecta esencialmente al ser humano. Los estudiosos explican que se puede hablar de varios niveles de sexualidad: la sexualidad genética, la gonadal, la hormonal y la psicológica. Estos cuatro niveles necesitan estar “coordinados” para que la sexualidad humana desarrolle sus funciones normales. En esta perspectiva se entiende mejor el principio que reza que “la unidad es el principio del ser”. La sexualidad como todas las funciones humanas tiene unos fines. Así como los pulmones permiten respirar, la sexualidad es un complejo dinamismo que permite finalmente que la humanidad siga existiendo. Este mecanismo se espiritualiza en cuánto que somos capaces de enmarcar esta vivencia en una realidad amorosa entre hombre y mujer. El homosexual, al menos en un inicio, siente atracción hacia personas de su mismo sexo; es decir experimenta una disfunción seria entre el sexo corpóreo y el sexo psicológico; lo que le imposibilita la vivencia de una sexualidad natural abierta a la vida, que es uno de los fines principales de la vivencia de una sexualidad natural humana.

La mayoría de los estudios que investigan las génesis de estos comportamientos coincide en mencionar algunas de las siguientes causas: alienación del padre en la infancia, porque el padre fue percibido como hostil, distante, violento o alcohólico, la madre fue sobreprotectora, en el caso de niños, la madre estaba necesitada de afecto y era exigente, los padres no fomentaron la identificación con el propio sexo, abuso sexual o violación, fobia social o timidez extrema y no tratada. En algunos casos, la atracción sexual homosexual o la actividad ocurre en un paciente con algún otro diagnóstico psicológico, como: depresión grave, ideas de suicidio, neurosis de angustia generalizada, abuso de drogas, desórdenes de conducta de adolescentes, personalidades psicopáticas marginales, esquizofrenia, narcisismo patológico.

Pero detrás de cada uno de estos factores se esconde, el gran cáncer de nuestra sociedad, alimentada hasta la saciedad por el materialismo, el hedonismo y la superficialidad: la falta de amor. Posiblemente esta inclinación no es más que un síntoma de una seria carencia afectiva. El hombre se asfixia sin amor, y si no lo encontramos por los cauces naturales, creamos nuevos puentes, pero no es algo opcional. Esta falta de amor no sólo es causa en el inicio, sino en el desarrollo del proceso, porque cada una de estas personas, cuando por los motivos que fueran comenzaron a sentir esta inclinación, posiblemente no encontraron en su ambiente cotidiano comprensión, aceptación, un deseo profundo por ayudarles; quizás hubo rechazo, burla, humillación, que abrió más aún la herida emocional.

Y el amor como donación desinteresada al otro buscando su bien objetivo se convierte también en el mejor medio de solución. No se conocen en la prensa, ni se organizan manifestaciones que los defiendan pero hay muchos hombres y mujeres comprometidos en ayudar a quienes quisieran redescubrirse a sí mismo, y encauzar toda su capacidad afectiva por los derroteros de la naturaleza que poseen. Cito literalmente el testimonio de un doctor en Medicina y en Filosofía, Jeffrey Satinover, de quien tomamos el pensamiento que inspiran estas ideas:

“He tenido la gran suerte de haber encontrado a mucha gente que ha logrado salir del ambiente homosexual de vida. Cuando veo las dificultades que han encontrado, el coraje que han demostrado, no sólo al encontrar esas dificultades, sino al confrontar una cultura que usa todos los medios para negarle la validez de sus valores, metas y experiencias, me muevo a la admiración… Son estas personas –previamente homosexuales, y todos aquellos que están luchando en este momento en América y en el extranjero – que me parecen un modelo de todo lo que hay de bueno y posible en un mundo que toma el corazón humano,…muy en serio. En mis exploraciones en el mundo del psicoanálisis, la psicoterapia y la psiquiatría, nunca antes he visto curaciones tan profundas.” (Satinover 1996)

Suena utópico, pero es real. Para ayudar hay que creer en el otro, en su grandeza interior, en su capacidad de amar, en su dignidad, hasta llegar a sentir incluso admiración. El Doctor Sattinover habla convencido: “…me parecen un modelo de todo lo que hay de bueno y posible en el mundo que toma el corazón humano …muy en serio”. Este respeto sincero hacia el otro tiene la cualidad mágica de generar confianza en quien lo necesita y estimula a luchar para ser mejor. La persona que quiere salir de este mundo o reorientar su inclinación necesita, ella la primera, creer en su propio corazón y tomarlo muy en serio; entender que solo amando puede realizarse y realizar a otros. Se necesita agrandar mucho el corazón para perdonar lo que haga falta, y levantarse por encima de todo, sin resentimientos, dispuesto a …aprender a amar como hombre o como mujer, integrando todas las dimensiones de su persona en orden a su realidad natural.

Un sabio escritor francés decía “Descubrí asombrado que hablar era, de hecho, el mejor modo de callar lo esencial” y exactamente esto es lo que sucede con el tema de la homosexualidad. Se habla tanto de que no hay vuelta ni posibilidad de conversión, de la posibilidad de que la homosexualidad sea genética, aunque nunca se ha demostrado, de que son muchos los que tienen esta inclinación…que entre tantos argumentos queda escondida la otra cara de la moneda: los testimonios de vida de cientos de personas que fueron homosexuales y que lograron cambiar con una terapia adecuada y el apoyo de quienes realmente descubrieron en ellos su dignidad humana. Lo que estas personas nos enseñan se guarda en el silencio, pero echa por tierra, existencialmente, tantos eslóganes más sentimentales que fidedignos. Nos vuelven a demostrar que el hombre es un ser para el amor, que el amor es lucha, pero que sólo por este camino se alcanza la paz y la alegría real. El hombre y la mujer que luchan por ser auténticos son siempre dignos de admiración. Esta es la diferencia por la que merece la pena arriesgarse.

Para amar hay que tomar el corazón humano, muy en serio.

Por Nieves García, Mujer Nueva, 2010-08-06

ngarcia@mujernueva.org

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