Los Abuelos: Constructores de Felicidad Familiar

Hoy, festividad de San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesús, es un día privilegiado para felicitar y agradecer a nuestros mayores tanta vida como nos regalan y tanto bien como nos muestran. En nuestra sociedad actual en la que las prisas ahogan el tiempo, y la eficacia y la utilidad se han enarbolado como los únicos criterios de valor, parece que nuestros abuelos no tienen nada que aportar y son relegados al silencio y la soledad.

Por ello, la festividad que celebramos es también un momento idóneo para recordar que la ancianidad es el sello indeleble de una experiencia curtida por los años, del peso específico que aporta el recorrido de la vida, el suelo firme de saberse enriquecido por la historia. La ancianidad, lejos de ser una “carga” o un “estorbo”, es el regalo que fecunda de madurez la vida familiar y las relaciones interpersonales, superando con creces el materialismo absurdo y el consumismo alienante. Nuestros abuelos posibilitan que la ternura y la paciencia venzan al pragmatismo egoísta.

Tal y como nos recuerda D. Juan José Asenjo, Arzobispo de Sevilla, en una preciosa carta pastoral escrita con motivo de esta celebración: «Los abuelos nos están diciendo que hay aspectos de la vida, como los valores humanos, culturales, morales y religiosos, que no se miden con criterios económicos o de productividad. Los abuelos, por otra parte, aportan a la familia los “carismas” propios de su edad, el sentido de la historia y de la propia identidad, la experiencia y el valor de las relaciones interpersonales». En la misma comunicación, D. Juan José hace suyas las palabras del Papa Benedicto XVI: «Ellos (los abuelos) pueden ser, y lo son tantas veces, los garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir. Ellos dan a los pequeños la perspectiva del tiempo, son memoria y riqueza de las familias. Ojalá que bajo ningún concepto sean excluidos del círculo familiar. Son un tesoro que no podemos arrebatar a las nuevas generaciones, sobre todo cuando dan testimonio de fe ante la cercanía de la muerte».

Sin duda, tenemos motivos más que suficiente para seguir dando gracias a Dios por la vida de nuestros mayores y su importante función irrenunciable en la familia y la sociedad. Parafraseando a Juan Pablo II podemos afirmar que el don de la vida, a pesar de la fatiga y el dolor, es demasiado bello y precioso para que nos cansemos de él.

De manera que en la festividad de San Joaquín y Santa Ana, no sólo debemos felicitar a los abuelos, sino también animarles a que no se cansen de regalarnos el don de su ancianidad.

Fuente: bpf.laiconet.es

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