La importancia de “lo importante”

Hace unos días que los cristianos celebrábamos nuestra fiesta más importante, aquella que en realidad nos debería alegrar y dar sentido en sí misma: la Pascua de Resurrección. Y sin embargo, tengo la sensación de que para muchos creyentes esta fiesta pasa de largo casi sin afectarles.

– “Ya es domingo, que pena, y mañana a trabajar”. Comentan mientras compro el pan y la prensa.
– “Se acabó la Semana Santa. Ahora hasta la Feria”. Contestan.
– “Nosotros, después de tanto ver procesiones, vamos a aprovechar el día para ir a la playa y descansar. Qué pena que esto se acabe”. Añade un último.

Esto son sólo algunos ejemplos de lo que algunos creyentes expresan en un día tan importante como el Domingo de Resurrección. Incluso los había que se extrañaban al ser felicitados por tal ocasión.

Sin embargo, los intereses económicos y nuestro propio hedonismo, hacen que nuestra fiesta principal esté en solemnidad popular hasta por debajo de otras fiestas importadas como halloween. Que este tiempo que debiera ser de alegría y júbilo, pase entre nosotros casi inadvertido y que las propias celebraciones religiosas no recojan ese que debería ser nuestro sentir, como expresión de alegría por el mayor regalo que nos haya dado Cristo, que no es su muerte sino su resurrección. Porque solo con su muerte, la muerte es vencida.

Todo esto me ha dado mucho que pensar. ¿Estamos dedicándole tiempo a lo que verdaderamente importa?

La respuesta la tenemos en el Evangelio:

«Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? «Dile, pues, que me ayude.» Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada. » Lc 10. 38-42

Y no solamente en lo concerniente a la celebración o no de la Pascua de Resurrección o en el valor que le damos a la misma, sino en muchos ámbitos de nuestras vidas y lo que es más preocupante, en las vidas de nuestros hijos. ¿Qué valores estamos transmitiéndoles? ¿El gozo, la fiesta, la diversión, la risa, la desinhibición, el sexo,…? Son todos estos los valores que hoy advertimos que tienen valor en la sociedad actual. Que son apoyados y reforzados por los medios de comunicación, y tristemente admitidos y asumidos por todos.

Esta relatividad de los valores y la pérdida de una jerarquía clara de los mismos nos llevan a lo que algunos autores como Enrique Rojas han dado en llamar los valores del “hombre light”. Un hombre falto de voluntad, de capacidad de sacrificio, de falta de autocontrol, y con una fe fácil e instrumentalista, hecha a la carta y a conveniencia. Caracterizados por su inmadurez, por su falta de compromiso y por su egocentrismo. Personas que basan su existencia en un éxito exterior y en el disfrute de la vida, pero que a la larga se van viendo vacíos, los que les empuja a dar poco valor a sus vidas y a la de los demás.

Personalmente pienso que podemos hacer algo. Que ese algo debe partir desde la Familia y desde la Escuela. Debemos plantarnos y decir que no. Empezando en nuestros propios círculos, valorando la vida en sí misma como el regalo más grande que nos ha dado Dios, desde el mismo origen de la misma hasta su final. Y ese valor debemos dárselo en “lo importante”, lo realmente importante.

La Educación debe detenerse por lo tanto en enseñar qué es realmente lo que nos debe importar, y dejar de premiar esas otras cosas que sin estar mal, no son realmente la verdad y lo que nos proporciona la felicidad.
Tenemos que aprender y enseñar a encontrar a Dios en las cosas y en los demás. A descubrir el valor del amor, del cariño, de la amistad, de la caridad, de la oración, del sacrificio por los demás, en definitiva, recuperar el gusto por los pequeños detalles que nos hacen ser realmente felices y que son los que dan sentido a nuestras vidas. Dedicar más tiempo a enriquecer y entrenar nuestro interior para que pueda abrirse y ser expresión de amor con los demás.

Es este tiempo un momento idóneo para que nos renovemos y nazcamos a una nueva vida, superando la propia muerte de todo aquello que no es importante, para renacer en lo que de verdad importa, que no es otra cosa que Dios.

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí: ha resucitado” Lc 24, 5-6

Jose Angel Suarez Palomo – maestro de primaria – casado, cuatro hijos

Fuente: bpf.laiconet.es

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