La gracia y la dignidad de ser hijos de Dios. El regreso a la casa del Padre acaba siempre en una fiesta llena de alegría.

Cuando escuchamos o leemos esta lectura, irremediablemente tratamos de ponernos en el lugar de algunos de los personajes: los padres con respecto a sus hijos, saben y entienden perfectamente y además sienten la alegría del reencuentro, la felicidad de ver al hijo que habían perdido.

Los “balas perdidas” esperan ansiosos la oportunidad que sus padres les dan cuando están arrepentidos, pero la mayoría de nosotros sentimos cierta reconocimiento, e incluso ternura por el hijo mayor porque somos un poco como él.

Porque estamos allí siempre, en los malos y en los buenos momentos, porque cuidamos de nuestras familias, sin pensar en nosotros, y cuando algunos de estos miembros de la familia, que no ha movido ni un dedo nunca, y encima más, ha “traicionado” a la familia, se ha dedicado a vivir solo y para ellos, sin pensar en nadie más; cuando éstos vienen, el mundo gira a su alrededor, y no hay nadie más importante, que quienes estaban perdidos y vuelven.

Qué difícil es el borrón y cuenta nueva, cuando estamos anclados en el pasado. Pero qué fundamental en una familia es vivir mirando al futuro, sin prejuicios, sin pensar en lo que fue, sino en lo bueno que queda por vivir juntos, dando oportunidades y alegrándose porque el amor siempre termina triunfando.

Que pensemos siempre como padres, como madres, como abuelos, porque también ellos perdonan, quieren mucho y justifican a sus nietos como nadie. Vivamos el amor, no el rencor y aceptemos siempre el perdón en la familia, como hizo el Padre bueno, el padre misericordioso.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32

“Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos.”

Jesús les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. ”
Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.

Éste le contesto: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”

El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

Matrimonio-2 hijos-trabajan ambos-pertencen a comunidad cristiana

Fuente: bpf.laiconet.es

Deja tu comentario

0 comentarios.

Deja tu comentario


[ Ctrl + Enter ]