AFRONTAR EL DOLOR VIVIENDO CON ALEGRÍA

 

El Homo patiens: por la oscuridad vamos a la luz

 CONTENIDO Solo creciendo yo puedo afrontar y acompañar el dolor
 La utilidad del dolor
 Descubrir y desterrar las ideas negativas
 Autotrascendencia
 Somos más grandes que nuestro dolor
 Aceptar el dolor
 Vivir con esperanza
 EJERCICIO

 

 

 

 

Por Xosé Manuel Domínguez Prieto

 

El dolor es una experiencia por la que todos pasamos, queramos o no. Hay dolores evitables, hay dolores que una vez que llegan se pueden aminorar o eliminar ocupándose de modificar las causas que lo han producido. Pero hay dolores inevitables. Quieren ser este breve artículo, y el que le seguirá, unas reflexiones dedicadas, sobre todo, a aquellos que pasan por esta noche dolorosa, con la esperanza de poder acompañar a quien sufre, siquiera un pequeño trecho de su doloroso camino y poder señalar algún pequeño foco de luz que les pueda aliviar. Porque la luz existe.

Solo creciendo yo puedo afrontar y acompañar el dolor

Un rey reunió un día a sus sabios y les preguntó qué podía hacer para afrontar un grave problema que, aparentemente, no tenía solución. Uno de los sabios se acercó y, en una pizarra, le dibujó una línea vertical diciéndole: Majestad, os contestaré vuestra pregunta si me decís como se puede hacer que esta línea sea más pequeña sin borrarla. Tras meditar la respuesta, el rey hizo dos cosas: primero se puso a mayor distancia de la línea, viéndola así más pequeña. Y, en segundo do lugar, trazó otra línea mucho más larga junto a la primera, pareciendo ésta más pequeña. Entonces el sabio dijo: en efecto, Majestad, habéis encontrado las dos respuestas. Un problema grave se puede hacer más pequeño si logramos ponernos a distancia de él y, en segundo lugar, si creciendo nosotros como personas logramos que el problema se vea más pequeño.

Este breve relato nos muestra, de modo sencillo, dos modos básicos de afrontar el dolor que produce ver así a nuestro ser querido y poderle, de este modo, acompañar de modo eficaz sin ‘morir en el intento’: en primer lugar, tomando distancia interior. En segundo lugar, trabajar por nuestro crecimiento personal.

En primer lugar, tomamos distancia cuando logramos espacios y tiempos en que recuperamos nuestra propia vida, que nos permiten tomar aliento, que suponen un descanso respecto de una situación que nos tiene tan tensos o tan absorbidos. No hay forma de vivir sanamente una situación (o una relación) si tras el contacto con la misma no se produce una retirada, un poner distancia. No somos mejores padres, esposos o terapeutas por dejarnos absorber por la situación de quien estamos acompañando o de quien convive con nosotros. Un pequeño viaje –quien pueda- o si no un paseo, una lectura, hacer silencio, hacer oración, hacer deporte, encontrarme con unos amigos, y cualquier otra actividad que permita tomar distancia respecto del problema, dejar de estar bajo su influencia psíquica, poner la cabeza y el corazón en otra cosa, resultan aliviantes. Es decir, se trata de ‘tomarse un respiro’, de lograr que mis pensamientos y mis afectos no estén todo el día mascullando ‘el problema que tengo’. Entonces nos damos la oportunidad de serenarnos, de retomar las cosas con más sosiego, destensados, de que afloren las sensaciones y sentimientos interiores, pudiendo evacuarlos mediante su exteriorización (para esto es bueno contárselo a un amigo o, más sencillamente, escribirlo en un diario. Pero lo que es imprescindible es expresar mis sentimientos, ponerlos fuera de mí. Sólo así podré manejarlos.

 

El dolor es una experiencia por la que todos pasamos, queramos o no. Hay dolores evitables, hay dolores que una vez que llegan se pueden aminorar o eliminar ocupándose de modificar las causas que lo han producido. Pero hay dolores inevitables.

Sin duda que, en algunos casos, pedir ayuda a un profesional (psicólogo, terapeuta, educador social, trabajador social…) resulta también importantísimo, porque ellos nos ayudarán a tomar esta distancia de nuestro problema, comprendiéndolo en su auténtica magnitud, serenándonos y viendo vías de afrontamiento. Explicar a otros el problema y compartirlo con ellos ayuda. Pero ayuda no porque actúen como pañuelo de lágrimas (quejarse no sirve sino para incrementar la sensación de dolor) sino porque muestran alternativas y vías de solución que nosotros, en nuestro dolor, ni siquiera intuíamos.

En segundo lugar, ayuda a acompañar el dolor propio y el ajeno el crecimiento de mi persona. ¿Y cuándo crezco? Cuando pongo mi centro de gravedad en lo que realmente importa en la vida, cuando descubro o recupero lo que realmente me da sentido y vivo desde ahí y no desde los prejuicios, los respetos humanos, el ‘qué dirán’, las falsas expectativas de una vida ‘sin problemas’, o desde la búsqueda del éxito o el bienestar. Al contrario, cuando recuperamos la auténtica dimensión de las cosas (y precisamente el dolor ayuda a esto) es cuando comenzamos a crecer.

Cuando vivo desde lo valioso, comprometido con lo que merece la pena, en actitud de luchar y dar mi tiempo y esfuerzo a lo que realmente valioso, responsabilizándome de lo que me toca vivir, entonces se descubre que el dolor es una tarea, un camino que hay que recorrer para crecer como persona. El dolor que me ha llegado, el sufrimiento y situación de mi hijo, familiar o amigo no depende de mí. Pero depende de mí el modo de afrontarla, la actitud ante lo que me sucede. Así, en prisión o en un campo de concentración, las condiciones externas son impuestas y llevan a la persona a una mínima capacidad de acción. La persona no tiene prácticamente ningún margen de acción: es mero receptáculo pasivo (incluso de acciones violentas). Pero puede adoptar una actitud u otra ante lo que le pasa: eso es lo que está – in extremis – siempre en mano de cada persona. En esa situación, la persona puede llegar a ser libre de las condiciones en las que está y ser libre-para cumplir su propio camino interior. Entonces se descubre que el dolor no es una maldición sino un camino y una oportunidad.

Esta tarea es personal e intransferible. Y la pregunta que hay que responder ya no es “¿por qué?” sino “¿cómo?” Y “¿para qué?” Si el sufrimiento es tarea, ya no puede pasarse por encima o huir sino afrontarlo como camino necesario, ya no se puede ignorar o eludirlo con falsas ilusiones.

El dolor es tarea personal. Y ante ella, nos preguntaremos con Hillel, el maestro judío del siglo I, y referido a vivir el propio dolor: “Si no lo hago yo, ¿Quién lo hará? Si no lo hago ahora, ¿cuándo lo haré. Y si lo hago pensando en mi propio beneficio ¿quién soy?” Cada persona ha de vivir lo que se le encomienda en la vida, realizar su propio sentido. Sólo así, en el dolor se puede ver una oportunidad.

La utilidad del dolor

El dolor no es una experiencia inútil, pues me revela quien soy de modo más nítido. “El sufrimiento hace al ser humano lúcido y al mundo diáfano” dice el psiquiatra vienés Víktor Frankl. Por eso hay que atreverse a sufrir. Se trata de asumir el sufrimiento, de afirmar el destino, de tomar postura ante él. Tratar de huir de la situación sólo nos traerá más sufrimiento.

El dolor habla, llama, me descubre quien soy realmente, me ofrece una sorprendente claridad sobre mi propio ser y sobre mi estado, me hace volver a la realidad. No merece la pena engañarse ni engañar a nadie. El dolor hay que afrontarlo, hay que sentirlo. ¿Sufres? Luego existes. ¿Te duele? Luego tienes una oportunidad única para crecer, porque se te ha revelado quien eres, tus carencias, tus debilidades. Huir del dolor es perder una oportunidad única para retomar la propia vida de modo intenso.

Por supuesto que el dolor no es la finalidad de la existencia, es su camino. El dolor es el camino que hay que recorrer. Y hay que recorrerlo porque el dolor nos llama a encontrarnos con lo esencial de nosotros mismos. ¡Cuantas personas, tras la muerte de un ser querido o tras su propia enfermedad, han descubierto o han ganado luz sobre lo esencial de la vida! El dolor nos llama a lo más auténtico, a poner en juego lo mejor de nosotros, a crecer, a vivir desde lo esencial: nos acerca a nuestra propia llamada, disolviendo lo accidental que nos distraía. Salvo que nos dejemos vencer por la desesperanza, el dolor, en fin, es la ocasión de que existe algo más grande que el horizonte de nuestro día a día, que existe lo realmente importante, que hay un sentido profundo en la realidad.

¿Pero cómo hacer efectiva esta utilidad? ¿Cómo vivir el dolor como oportunidad para mi felicidad? ¿No será esto una paradoja? ¿Cómo voy a poder ser feliz viendo a mi hijo, a mi esposo, a mi amigo, en la situación en la que está? Para responder a esto cada uno ha de encontrar su camino. No hay recetas. Sin embargo, hay indicadores que ayudan a recorrer ese camino con acierto. Y algunos de estos indicadores son: descubrir y desterrar las ideas negativas, la autotrascendencia, la aceptación y la esperanza.

Descubrir y desterrar las ideas negativas

Permíteme que comencemos leyendo unas frases del filósofo griego Epícteto, que nos empezarán a mostrar qué disposición previa hemos de tener para afrontar de modo adecuado el camino del dolor:

• “Las cosas, por sí mismas, no nos hacen daño ni nos ponen trabas. Tampoco las demás personas. La forma en que vemos las cosas, nuestras actitudes y reacciones son las que nos causan problemas”.

• “No temas a la muerte y al dolor; teme al temor a la muerte y al dolor”.

• “No exijas que los acontecimientos sucedan como deseas. Acéptalos tal como son realmente. Así te será posible la paz”.

• “Todo acontecimiento conlleva algún beneficio para ti; basta con que lo busques”.

La aceptación de la situación conflictiva y dolorosa constituye el supuesto fundamental de todo progreso personal, pues crecer como persona es caminar hacia donde estamos llamados desde lo que somos y desde lo que hay en nuestra vida, es decir, partiendo de que las cosas están como están y son como son.

Parece indicarnos el filósofo que para librarnos del sufrimiento o, por lo menos, para afrontarlo sin que nos hunda, no podemos poner condiciones. No puedo decir ‘Estaré bien cuando logre esto o lo otro’ porque entonces, nunca estaré bien y cuando lo esté lo estaré por poco tiempo y temeré perderlo.

Otras veces, sufro porque me veo amenazado. Pero no soy yo quien está amenazado, sino mi personaje, mis deseos, mi prestigio, mi dinero, mi imagen social. Tenemos miedo al fracaso, a no conseguir lo que deseábamos, a que las cosas no funcionen según mi ideal y esto nos hace sufrir. ¿Por qué no cambiar las expectativas? ¿Por qué no abrirse a lo que te da la vida cada día? En realidad, al final toda persona descubre que ni conseguir lo que quería le dará una felicidad duradera ni lo que le pasa le podría quitar la felicidad, siempre y cuando viva desde lo que las cosas son y no sufriendo porque no son como él imagina que debieran ser.

Algunos pueden pensar: a causa de lo que me pasa, no podré llegar donde otros llegan. ¿Llegar a qué? ¿A ser títeres y esclavos de su trabajo, de su empresa, de su status, de su imagen, de su dinero? ¿A ser una ‘familia modelo’? ¿A sacrificar todo a una imagen ideal que me he fabricado o me han inculcado?

Sobre todo, hay que deshacerse de los sentimientos negativos y las ideas negativas. Nosotros aumentamos o creamos el problema con lo que pensamos sobre lo que sucede. Es como lo que le pasa a una persona anoréxica: sufre no porque esté gruesa sino por que piensa que está gruesa. Así que…. ¡buenas noticias!: para empezar a estar bien no hace falta que nada cambie inmediatamente. He de comenzar cambiando yo y el modo de percibir al otro.

Entonces, ¿qué hacer?: hay que mirar todo lo bueno que tengo, lo que me queda, sin acostumbrarme a nada, sin apegarme a nada. La tarea, pues, es hacer contacto con lo real, tomar conciencia de todo lo bueno que hay en mí, en mi vida, en la de mis seres queridos. Tomar conciencia cada mañana de todo lo maravilloso que también hay en mi vida. Sólo incrementando la luz se vence la oscuridad.

Autotrascendencia

Martin Gray  nació en Varsovia en 1925 en el seno de una familia judía, y tenía catorce años cuando los alemanes convierten su ciudad natal en un gueto. Perdió a toda su familia y fue deportado al campo de concentración de Treblinka, aunque logra evadirse. Tras la derrota del III Reich emigra a Estados Unidos y allí se convierte en un afortunado hombre de negocios. No obstante, su deseo más íntimo era formar una familia. Al hallar a su esposa, Dina, comprende que por fin puede realizar su sueño. Ya casado, se instala cerca de Cannes, donde se construye una preciosa casa en medio de un bosque, y allí van naciendo sus cuatro hijos. Pero el 3 de octubre de 1970, Dina y sus cuatro niños mueren en un incendio forestal. Cualquiera se hubiera derrumbado.

Pero Martin Gray hizo de su desventura un bálsamo curativo: primero crea una fundación para luchar contra la destrucción de la naturaleza y después escribe. Algunos amigos le proponen que abra una investigación para descubrir las causas del incendio, poder encontrar culpables y cobrar una indemnización. Pero Gray no quiere perder recursos ni energías en mirar al pasado y se propone mirar al futuro. La vida, dice, no debe ser vivida contra alguien sino para alguien y para algo.

Para vivir el dolor hace falta trascenderlo: sufrir por algo o alguien, sufrir para algo, encontrarle un sentido. El dolor no tiene su fin en sí. Si así fuese, estaríamos hablando de una patología masoquista. Por el contrario, el dolor con sentido es sacrificio, donación. Si sufro junto a mi ser querido porque mi compañía puede ser camino para su recuperación, es un dolor con sentido. Si sufro por convivir con mi ser querido que no responde a mis expectativas sobre él, entonces es un sufrimiento inútil.

Frankl comenta varios casos de personas que, tras la muerte de un ser muy querido, están abatidas, deprimidas, sin sentido. En estos casos de nada vale la medicación (sirve para dilatar el problema, pero nada soluciona). La clave para evitar el sufrimiento es una transformación en la forma de pensar el acontecimiento dándose cuenta la persona de que todo lo que ha vivido con ese ser querido no se ha perdido para siempre, sino que queda vivido para siempre, queda a salvo de la contingencia. Es de agradecer el tiempo que ha vivido con esta persona. Pero esto aun no revela un para qué, pues no ayuda a nadie con su sufrimiento, no trasciende de sí y la clave del afrontamiento está en la autotrascendencia.

Afirma el creador de la logoterapia: “Cumplimos el sentido de la existencia –llenamos de sentido nuestra existencia- realizando los valores. Esta realización de valores puede producirse por tres vías: la primera posibilidad de realizar valores consiste en crear algo, en configurar un mundo; la segunda posibilidad consiste en vivir algo, asumir el mundo, asimilar la belleza o la verdad del ser [un encuentro]; la tercera posibilidad de realización de valores consiste en padecer, el sufrimiento de ser, del destino” (Frankl, Viktor E: El hombre doliente. Herder, Barcelona, 1994, p. 249.)

Los primeros son los valores creativos, los segundos vivenciales y los terceros actitudinales, que son los que afrontan el dolor, la culpa, la dificultad, el problema. De los tres, el campo más amplio es el de los valores actitudinales, pues “las posibilidades axiológicas del hacer creativo y de las vivencias pueden ser limitadas, pero las posibilidades del sufrimiento son iluminadas. Ya por eso los valores actitudinales son superiores en rango ético a los valores creativos y vivenciales” (ídem, 249).

Es lo que puede poner en juego el ser humano cuando no puede poner en juego nada, cuando no puede actuar, sino sólo poner en juego su capacidad de sufrir, esto es, de ser sujeto pasivo, de que le suceda lo que no controla. “Cuando uno se enfrenta con una situación inevitable, insoslayable, siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad incurable, un cáncer que no puede operarse, precisamente entonces se le presenta la oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo, cual es el del sufrimiento” (Frankl, V.E: El hombre en busca de sentido. Herder, Barcelona, 1991, p. 110).

Por tanto, junto con el sentido que encontramos en las actividades creativas, en las que ponemos en juego nuestras capacidades y encontramos con facilidad un para qué, junto con los encuentros significativos (experiencias amorosas, experiencias religiosas) y los encuentros con realidades valiosas (experiencia contemplativa; lectura de un libro, contemplar un paisaje, escuchar música, experimentar valores humanos espirituales, etc.), aparece un tercer ámbito de sentido que implica tomar una actitud ante él: el dolor, la culpa, la muerte. Se puede vivir desde múltiples sentidos: como sacrificio por otros, como forma de realización de la propia dignidad o del propio valor, como sacrificio por una gran causa, como compensación por un daño infligido, como modo de evitar a otro el dolor, como efecto querido del cariño a otra persona, como modo de experimentar de cerca a Dios como ser cercano que nos acompaña en el dolor. Entonces la pregunta de ¿por qué yo? se torna en la de ¿y por qué no yo?

En estos casos, el dolor es una oportunidad para vivir intensamente mi propia vida, para madurar -pues es justo en estos momentos donde se dan las máximas oportunidades para el crecimiento personal-. Para ello hace falta encontrar un sentido. Por amor a alguien, como sacrificio por la colectividad, por la nación, por la ciencia o el arte, por dar respuesta a algo muy valioso, por motivos religiosos (como la purificación propia, ser ‘podado’ para dar más frutos, el sacrificio por otros o compartir el dolor de la Cruz) o por asumir el dolor de otros, llevando su carga.

Somos más grandes que nuestro dolor

La esperanza se traduce en paciencia, lo que no significa quietud o pasividad. Significa saber abandonarse activamente al tiempo, saber apreciar en el presente los signos de lo positivo que puede venir. Estos signos son lugar de apoyo para vivir el presente, sin evadirse, pero abriéndose a lo que vendrá, sin seguridades falsas, pero con la tranquilidad de saber que siempre tras las tinieblas llega la luz.

Saber que somos más grandes que nuestro dolor y que es camino de maduración personal. Y que el daño es algo que me viene pero que no soy yo. No nos podemos identificar con el daño. Está en nosotros, pero somos más grandes que nuestro dolor, nuestra enfermedad, nuestra afección. Somos luz. No nos podemos etiquetar con el dolor, porque entonces se ha convertido en un personaje, en una falsa identidad. Debemos poner, pues, el dolor a distancia y en su lugar. Se trata de contemplarlo, de dejar que esté ahí, de dialogar con él, de darle forma, salir de nosotros hacia aquello que nos da sentido. Por el contrario, permanecer en nosotros, rumiando el dolor, nos destruye. Es la fuente del sufrimiento.

Aceptar el dolor

La aceptación de la situación conflictiva y dolorosa constituye el supuesto fundamental de todo progreso personal, pues crecer como persona es caminar hacia donde estamos llamados desde lo que somos y desde lo que hay en nuestra vida, es decir, partiendo de que las cosas están como están y son como son. Para esto se ha de admitir que la realidad es como es, asumiéndola consciente y voluntariamente, sin ocultarla, sin huir de ella ni eludirla, afrontándola y, en caso de ser dolorosa, soportándola creativamente.

La aceptación es la virtud por la que acogemos cómo son las cosas, cómo es la realidad, cómo son las personas que nos rodean e, incluso, cómo somos nosotros mismos, lo que somos y nos sucede. No consiste en dejarse llevar, sino en aceptar y en tener claridad sobre cómo son las cosas. Sólo partiendo del estado de cosas es posible caminar hacia donde estamos llamados. De lo contrario, puede que actuemos sobre falso terreno, sobre la imaginación, huyendo así de la realidad.

La aceptación comienza por uno mismo: por quien soy, por mi temperamento y carácter, mis capacidades y limitaciones, mi propia historia… ¡y mi llamada! De lo contrario, viviré desde las máscaras, desde los personajes que represento.

La aceptación también abarca la situación en la que se está, no para conformarse con ella, si es que puede ser cambiada, sino para caminar hacia el futuro a partir de ella. Si mi hijo tiene un problema, lo tiene. Si hay esta situación en casa, la hay. Nada puede cambiar si no reconozco en qué situación estoy y dónde estoy.

En tercer lugar, les necesario aceptar a los otros con los que estoy, que son como son y no como yo quiero que sean. Aceptar que mi hijo, mi amigo, mi vecino, es como es y está como está, es comienzo para toda actividad terapéutica. El engaño nunca será terapéutico.

Por último, ha de aceptarse el dolor. La huida del dolor inevitable bloquea el propio crecimiento, porque es huida de la realidad. Incluso el alivio del dolor inevitable puede pasar por su aceptación y por la libre entrega a él. Sólo atreviéndonos a caminar por las sombrías vaguadas del dolor es posible caminar hacia la alegría, sólo por la oscuridad vamos a la luz.

Vivir con esperanza

El dolor nos enfrenta a la propia pobreza, a nuestra propia limitación, a nuestra situación real. Es entonces, cuando, más allá de un optimismo gratuito e infundado, llega el momento de la esperanza. La esperanza no es un ‘todo se arreglará’ infundado, sino un estado de inseguridad pero con paciencia activa y valiente, que no cede al desánimo. La esperanza se traduce en paciencia, lo que no significa quietud o pasividad. Significa saber abandonarse activamente al tiempo, saber apreciar en el presente los signos de lo positivo que puede venir. Estos signos son lugar de apoyo para vivir el presente, sin evadirse, pero abriéndose a lo que vendrá, sin seguridades falsas, pero con la tranquilidad de saber que siempre tras las tinieblas llega la luz.

EJERCICIO

Bibliografía:

Frankl, V.E: El hombre doliente. Herder, Barcelona, 1987.

Domínguez Prieto, X.M: Eres luz. La alegría de ser persona. Ed. San Pablo. Madrid, 2005.

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