Decálogo para alcanzar la santidad

Por José María Escudero Fernández

A pocos días de recibir el Sacramento de la Confirmación, un joven preguntó a su catequista:

“Tú nos has repetido en múltiples ocasiones que debemos ir limando nuestras vidas para ser verdaderos discípulos de Cristo, pero ¿cómo podemos llegar a ser perfectos, de qué manera podríamos alcanzar la santidad?”

Al catequista no le sorprendió la pregunta, pues llevaba mucho tiempo merodeando por su mente la idea de la santidad. En ese momento, sin embargo, el catequista no le respondió, pero llegado el día de la Confirmación repartió a cada uno de sus jóvenes una cartulina con el siguiente decálogo:

1. El día Señor que deje “mis importancias” a un lado: mis títulos, mis reconocimientos, mis amistades fáciles…, y me convezca de que Tu eres lo único importante, lo único por lo que merece la pena luchar.

2. El día en que aprenda a reírme un poco más de mí mismo, sabiendo que no soy nada sin Tu Amor.

3. El día que me presente ante Ti, Señor como “un cacharro estropeado” pero con inmensas ganas y terrible confianza de que Tú me vas a arreglar.

4. El día en que, a pesar de tener ojos de adulto, posea una mirada de niño que deje transparentar todo mi ser.

5. El día en que deje de juzgar a mis hermanos y me dedique a amar en cantidad a los que yo creo que obran mal, y deje de preguntarme si el hombre es bueno o malo y sólo me preocupe en amarle, pues podría perderlo si me pongo a decidir si merece ese amor. Amarle hoy y pedir a Dios que me recargue el corazón para poder amarle mañana también.

6. El día en que a pesar de que vea que el mundo marcha mal, me dedique a cambiar una centésima parte, sin pensar de momento que las otras noventa y nueve marchan mal.

7. El día en el que al acabar la jornada diga simplemente: “Señor hoy me he dedicado a querer un poquito más a mi familia, a mis amigos, a mis vecinos…, a la gente”.

8. El día en que tenga Señor la “maravillosa desgracia” de no poder vivir sin Tu Amor.

9. El día en que el encuentro con las personas suponga para mi un momento sagrado; el día en que “tiemble” ante mi hermano, precisamente porque le considere hijo Tuyo, como yo lo soy.

10. El día en que ame al niño que hay dentro de mí, para que una sonrisa, un pequeño gesto, una mirada amable…, convierta mi vida en ofrenda agradable para Ti…

Ese día, tú bien lo sabes, Señor, llegaré a ser santo.

Fuente:buzoncatolico.es

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