¿Sentimientos en crisis?

¿SENTIMIENTOS EN CRISIS?

Se detectan rasgos deshumanizadores en la sociedad actual, que hacen peligrar la autenticidad de un sentimiento tan esencial para la convivencia de las gentes, como es la amistad. ¿Qué obstáculos encuentra la amistad para desarrollarse en un clima masificado?

Por Gerardo Castillo

Amar a otro por ser quien es, de forma desinteresada, y no en función de la utilidad o del placer que me puede proporcionar, es algo propio de la amistad verdadera. Se estima al amigo por sus cualidades individuales. Para estimarle es preciso conocerle antes a través del trato personal. El deseo mutuo del bien va precedido así del conocimiento mutuo adquirido en situaciones de convivencia.

Este tipo de relación humana basada en la comunicación personal desinteresada y sincera ¿está vigente en la sociedad actual o, por el contrario, es más propio de épocas anteriores? ¿Tenemos hoy una vida social con relaciones personales o con relaciones impersonales?

De la respuesta que se de a estas preguntas depende el que seamos optimistas o pesimistas con respecto al futuro de esa peculiar relación de convivencia que llamamos amistad. Y no faltan datos y razones para pensar que hoy la amistad está en crisis. Tampoco falta quien sospecha que tal crisis pone de manifiesto que hoy la amistad es menos necesaria que en el pasado.

La tiranía de los «colectivos»

Los intereses económicos y el afán de poder que dominan el mundo de los negocios y de la política limitan bastante el espacio necesario para las relaciones personales desinteresadas y sinceras. En estos ambientes no se valora a las personas por lo que son, sino por lo que tienen, es decir, por las ventajas materiales que se pueden conseguir de ellas o a través de ellas. Tener «amigos» es así, con cierta frecuencia, tener más posibilidad de obtener privilegios y recomendaciones para saltarse las normas establecidas.

En tales condiciones la amistad se desnaturaliza. Deja de ser una virtud para convertirse en una fuente de injusticias.

Otro obstáculo importante lo constituye la «sociedad masificada»: «a la sociedad de hoy le falta vida y le sobra cohesión, señala Vázquez de Prada. Sufre una unidad impuesta, una aglutinación forzada y violenta. Masas y masas apelmazadas por el imperio de la ley, por necesidades técnicas, por exigencias materiales».

La vida del hombre de hoy transcurre en su mayor parte en el ámbito de grandes grupos de tipo profesional, ideológico, económico, o de vecindad. Dentro de estos «colectivos» el hombre es un simple elemento o pieza del conjunto total. Existe una conducta grupal que hace innecesaria la conducta individual; la mera coexistencia sustituye a la convivencia. Al integrarse en el grupo artificial, en la, masa, el hombre deja de ser él mismo para adoptar un modo de vida uniforme y gregario. El hombre, en definitiva, no tiene oportunidades ni estímulo para concentrarse en su ser personal y se limita a adoptar pasivamente el comportamiento que dicta el colectivo.

La sociedad masificada, por consiguiente, despersonaliza al hombre: éste, progresivamente, deja de actuar como un ser singular, libre, creativo, y pierde el hábito para la relación personal íntima, bien sea en el ámbito de la familia o en el de la amistad: «muchos hombres son por completo o casi por completo producto de las influencias sociales ambientales y construyen su ser con las aportaciones que de lo exterior y colectivo les llegan, afirma García Morente. Son los hombres de tipo medio, vulgar y mostrenco (…); hombres que carecen de soledad y huyen de la soledad, porque al hallarse solos perciben algo así como el vacío de su ser, que está compuesto exclusivamente de tópicos comunes (…); hombres gregarios, de masa, que repiten como autómatas lo aprendido y que, tras el caudal de formas abstractas recibidas, no alimentan ninguna ilusión personal, ninguna convicción verdaderamente propia».

La invasión de lo privado por lo publico

Esta colectivización de la vida no obedece simplemente a circunstancias de tipo social y económico, como, por ejemplo, la concentración urbana o la sociedad de consumo. Hoy existe, sobre todo, un proceso de exaltación de lo colectivo y de descalificación de lo privado. El profesor García Morente hablaba ya en 1945 de un creciente predominio de la vida pública sobre la vida privada e incluso de una invasión de lo público en la intimidad de la relación privada:
«Nuestro vivir de hoy es un vivir extravertido, lanzado fuera de sí mismo, al aire libre de la publicidad. Y, paralelamente, como fenómeno de recíproca penetración, la publicidad, la exterioridad invaden nuestros más íntimos recintos personales por mil agujeros que a propósito hemos abierto en ellos. Dijérase que nos avergonzamos de estar solos o con pocos; o que nos sentimos acobardados ante la perspectiva de habérnoslas con nosotros mismos y ajustarnos nuestras propias cuentas».

La invasión de lo privado (la vida familiar y de amistad) por lo colectivo está favorecida por la complicidad de muchas personas que, por simple afán de seguridad o de comodidad, se refugian en el fácil abrigo del grupo construido por otros. Y es que el hombre es un ser contradictorio: acepta la dictadura del colectivo al mismo tiempo que desea diferenciarse de los demás (lo que se observa, por ejemplo, en la conducta gregaria dentro de las pandas de adolescentes).

Para García Morente la relación pública es abstracta y anónima, ya que en ella no entran en contacto dos personas (yo y tú) sino dos conceptos abstractos: el ciudadano y el funcionario; el cliente y el profesional… En cambio, en la relación privada «se conocen una a otra (..). Ya no son dos abstracciones las que se hallan en presencia, sino dos vidas reales, dos individualidades inconfundibles, dos personas verdaderas. Por debajo de la costra que lo colectivo, lo social, lo profesional, lo político han criado en torno de la auténtica personalidad, despunta ahora algo al menos del yo íntimo, de lo que cada uno verdaderamente es, siente y quiere; algo al menos de la peculiar e intransferible vida».

En la sociedad actual hay una clara tendencia a las relaciones impersonales. Está disminuyendo el protagonismo de la persona en beneficio de1 protagonismo de los colectivos. Falta, por tanto, base suficiente para la convivencia y la amistad. Habrá que admitir, entonces, que la vida de amistad no es fácil hoy, pero ello no significa que esté en duda su continuación o que sea innecesaria.

Los argumentos de los filósofos griegos a favor de la necesidad de la amistad son válidos no sólo para su época sino para todas las épocas. La necesidad de compartir la propia intimidad, de comunicar a otros lo más propio y peculiar de nuestro ser y de nuestra vida, de ser amado por lo que uno es, no es algo exclusivo de este o aquel hombre, sino que es algo común a todos los hombres, de cualquier tiempo y condición. Quiero decir que son necesidades básicas de la persona.

Y precisamente porque en la vida social de hoy existe menos espacio para este tipo de relación entre personas es por lo que urge cultivar la amistad, educar a las nuevas generaciones para la vida de amistad. De este modo no sólo mejorarán las personas una a una, sino que también mejorará la propia sociedad. Esto es así porque la amistad es germen y raíz de la vida social humana, pero no de una vida social impersonal, según patronos abstractos, como impera en nuestra sociedad masificada, sino de una vida social personal, íntima, vital, creadora.

El necesario cultivo de la amistad

Está bastante extendida la falsa idea de que la vida de amistad se da en todas las personas de un modo necesario y puramente espontáneo. La amistad sería así como una planta que crece por sí misma, sin necesidad de ningún cultivo. Sin embargo, los hechos contradicen, con frecuencia, esa suposición: muchas «amistades» son solamente relaciones superficiales y de simple conveniencia; los padres se quejan de que sus hijos no tienen amigos o de que tienen malos amigos; los amigos de los hijos suelen ser uno de los factores principales de los conflictos entre padres e hijos adolescentes… Parece razonable pensar que estos problemas pueden evitarse o, al menos, reducirse, si existe algún propósito previo para el ejercicio o cultivo de la verdadera amistad durante la infancia y adolescencia.

Conviene saber, en este sentido, que la conducta amistosa ni se improvisa ni se desarrolla sin esfuerzo. Supone desarrollar capacidades muy diversas como, por ejemplo la capacidad de apertura hacia los demás, que implica aprender a dar y aprender a recibir. Para ello es preciso descubrir el valor de las otras personas y superar actitudes egocéntricas. El comportamiento altruista requiere contrariar muchas inclinaciones y apetencias personales. Exige, con frecuencia, prescindir de lo que me gusta o apetece para hacer aquello que necesita de mí el amigo.

Un rasgo propio del hombre primario, no evolucionado, inmaduro, es permanecer encerrado en sí mismo. Pero la actitud contraria —la apertura generosa hacia los otros— no se logra en pocos días. Las personas maduran a lo largo de muchos años y modifican sus actitudes por medio de un aprendizaje exigente. Las actitudes, por otra parte, se desarrollan con mayor dificultad en las personas introvertidas e inseguras.

La amistad no es tanto una idea o una teoría cuanto una actividad práctica. Por ello, solamente se puede adquirir ejercitándola. Pero hay que precisar que no basta el ejercicio espontáneo y autosuficiente: se necesita además una orientación para que los hijos puedan descubrir la verdadera amistad y sepan distinguirla de los muchos sucedáneos que existen actualmente. La ayuda educativa en el tema de la amistad es necesaria, por tanto, porque se trata de una virtud o conjunto de virtudes. Los verdaderos amigos son sinceros, leales, respetuosos y generosos entre sí. Pero estos hábitos operativos buenos no se desarrollan en la infancia y adolescencia sin el estímulo, la exigencia y el buen ejemplo de los padres y de los profesores.

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Publicado en el nº 384 de Nuestro Tiempo
Edición autorizada de arvo.net

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