¿QUÉ SON LOS VALORES HUMANOS?

La formación integral de la persona: “Unidad de cabeza, voluntad y corazón”

Hoy y siempre se les ha dado una gran importancia en la educación, aunque a veces se olvidan. Los valores humanos son cualidades que las personas vamos adquiriendo y que nos hacen mejores como personas: más creativas, más equilibradas, más animosas, más responsables, más leales… en fin, más buenas personas.

Los valores configuran una personalidad humana madura y atractiva. ¿Pero como se distingue a una persona madura? La madurez humana s e manifiesta en el equilibrio y la armonía que resultan del dominio de uno mismo y en el modo positivo como tratamos a los demás.

Siempre serán importantes

Los valores configuran una personalidad humana madura y atractiva. ¿Pero como se distingue a una persona madura? La madurez humana se manifiesta en el equilibrio y la armonía que resultan del dominio de uno mismo y en el modo positivo como tratamos a los demás.

Los valores son la parte de la educación llamada a persistir siempre, incluso en una sociedad pragmática como la nuestra. Es cierto que la dura competencia por los primeros puestos, por triunfar en el trabajo o los negocios, por las calificaciones para acceder a determinados estudios, no va a desaparecer. Pero cuando un joven o una joven se presenten a una entrevista para pedir un trabajo, serán sus virtudes de honradez, iniciativa, responsabilidad, lealtad, constancia, laboriosidad, etc. las que más contarán. O cuando tengan que afrontar problemas familiares, cívicos o de conciencia profesional, por ejemplo, serán sus criterios, hábitos y disposiciones morales los que iluminarán sus decisiones.

Clave de la formación integral

No se trata simplemente de aprender a sentirse bien. Más allá del mismo bien-estar personal y social, y abrazándolo, está el ámbito del bien-ser de la persona. Frente a algunas versiones de la educación que caen fácilmente en la abstracción, no hay que olvidar que se trata de una auténtica educación del carácter. Se trata, en suma, de formar (y de formarse) como hombres y mujeres en quienes se pueda confiar.

Se requiere adquirir criterio, unidad interior, coherencia personal. En nuestra cultura postmoderna, que tiende tanto a la dispersión, la educación corre el riesgo de convertirse en una suma de actividades y de aprendizajes inconexos e incompletos que, en lugar de integrar a la persona humana, la disgregan, oscureciendo el sentido de la vida, y que además debilitan su capacidad de ordenación de la propia vida ante una multitud de solicitaciones.

La importancia de los maestros

Valores y actitudes se educan en y desde la práctica, por medio del esfuerzo y la convivencia; pero especialmente viendo cómo otros los viven, es decir, por el trato frecuente y habitual con personas que los hacen brillar en su ser y en su obrar. Estamos hablando de los auténticos “maestros”.

Se trata de una auténtica educación del carácter, de formar hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. Se requiere adquirir criterio, unidad interior, coherencia personal. En nuestra cultura postmoderna, que tiende tanto a la dispersión, la educación corre el riesgo de convertirse en una suma de actividades y de aprendizajes inconexos e incompletos que, en lugar de integrar a la persona humana, la disgregan, oscureciendo el sentido de la vida, y que además debilitan su capacidad de ordenación de la propia vida ante una multitud de solicitaciones.

Un maestro, en el sentido más noble y profundo de la palabra, es aquel que enseña lo que vive y vive lo que enseña. Las virtudes, los valores humanos, se dan vivos en la persona y con la singularidad que es propia de esa persona. Es maestro o maestra, de verdad, quien sabe transmitir y suscitar en otro esa calidad humana.

El mejor “maestro” es el ejemplo. Un educador sólo puede esperar de la índole de sus alumnos (o de sus hijos) aquello que él mismo intenta conquistar en sí mismo cada día.

Para educar en valores

No basta saber qué es, por ejemplo, la justicia para ser justos: Muchos saben lo que es justo pero no lo hacen. Si se quiere educar a la persona de modo integral, hay que mirar a la “unidad de cabeza, voluntad y corazón”. Para fomentar un valor hay que contar con esas tres dimensiones; si falta alguna de ellas, las otras dos se resienten y la formación no se consolida. Si no se tienen ideas claras acerca de lo que está bien o mal, si no se distingue entre lo aparente y lo real, la desorientación impedirá una integración inteligente de la personalidad. Si falla el sentimiento, la motivación será deficiente. Si la voluntad es débil y no arraigan los hábitos por medio de la práctica, la educación será superficial y todo logro resultará efímero.

Se cuenta que en un teatro de Atenas se celebraba una representación teatral a la que habían sido invitados los embajadores espartanos. Cuando el teatro estaba lleno, entró un anciano y trató inútilmente de hallar sitio libre. Unos jóvenes atenienses que veían los esfuerzos del anciano por acomodarse comenzaron a reírse de él irrespetuosamente. Al ver esto, los embajadores de Esparta, acostumbrados a venerar a sus mayores, se levantaron y ofrecieron sus sitios al anciano. Todo el público del teatro, al presenciar la escena, aplaudió a los embajadores.

“- Es curioso, dijo el anciano, los atenienses aplauden las virtudes, mientras que los espartanos las ejercitan.”

Los valores se comprenden cuando se viven, y dejan de entenderse y apreciarse cuando se dejan de vivir. Esto significa, entre otras cosas, que no se adquieren y atesoran sin esfuerzo… Pero de esto hablaremos otro día.

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