¿POR QUÉ SE DEBE IR EL DOMINGO A MISA?

La respuesta a esta pregunta frecuente podría ser brevísima para un católico de fe viva: porque así lo manda la iglesia. La Iglesia tiene autoridad recibida del mismo del mismo Jesucristo para dictar leyes que ayuden a los fieles a conquistar la vida eterna. Conviene recordar que la obediencia tiene un altísimo valor salvífico, redentor, sobrenatural y humano. La vida entera de Jesús se puede resumir en la obediencia (1); se entregó a la muerte de Cruz cumpliendo un mandato de su Padre. Así nos redimió del pecado que, entre otras cosas, es desobediencia. Por eso, la única manera de vencerlo en su raíz, es obedecer sin condiciones a nuestro Creador y Padre, Dios.

¿Por qué la Iglesia manda ir el domingo a Misa?

La respuesta a esta segunda cuestión es más compleja, pero no debemos soslayarla, porque, en lo posible, debemos procurar comprender las razones de lo que Dios y la Iglesia mandan. La fe católica no es ciega, en el sentido de irrazonable, es razonable, aunque Dios nos haya revelado ciertos misterios que superan nuestra capacidad de comprensión. ¿Qué razones tiene la Iglesia para gravar la conciencia de los fieles con el precepto de asistir a Misa precisamente los domingos, o los sábados por la tarde (incohación litúrgico festiva del domingo)? Ciertamente son razones poderosas. Para comprenderlas es preciso tener en cuenta lo siguiente.

1. La ley moral natural exige, en otros términos más claros, el ser humano necesita «santificar las fiestas», es decir, dedicar ciertos días a un trato con Dios más continuado e íntimo y también, por Dios, a un trato más generoso con los demás, sobre todo los más «prójimos» (próximos).

Ese trato con Dios, ¿no podría hacerse en privado y cualquier otro día?

No debemos olvidar que el ser humano no es un ostra, es un ser naturalmente social: «La misma naturaleza social del hombre exige que éste manifieste exteriormente los actos internos de culto a Dios, que se comunique con otros en materia religiosa, y que profese su religión de forma comunitaria» (2). Para cumplir este deber social de culto público, se precisa una determinación autorizada del modo y del tiempo en que debe realizarse. En el Antiguo Testamento, Dios mismo estableció el sábado y otras fechas conmemorativas (3) «El que lo profane – dijo Dios del sábado – será castigado con la muerte»(4), por lo que se echa de ver la gravedad que Dios mismo quiso imponer al precepto. Estamos pues tratando de una materia grave. Los profetas -Isaías, Jeremías, Oseas, Amós, Miqueas- subrayarán que una de las causas de la ira de Dios es la inobservancia de los sábados, por lo que queda manifiesto que así no se respeta a Dios ni se obedecen sus sabios mandatos. El sábado era también, para el pueblo hebreo, el último día de la semana, que les recordaba el «día» en que Dios concluyó la obra de la Creación y «descansó» (5).

2. El domingo es el «Día del Señor»

Nuestro Señor Jesucristo realiza un nuevo Sacrificio e instaura un nuevo culto: tenemos un nuevo Sacerdote y se ofrece una nueva Víctima. Las leyes ceremoniales que determinan el tercer precepto del Decálogo en la ley mosaica, ceden su lugar a las que convienen a la ley evangélica. Pero Jesucristo no ha venido a abrogar «la Ley», sino a llevarla a su perfección (6). Los preceptos de la ley natural recogidos en el Decálogo, no sólo no caducan, sino que son confirmados por Cristo, que expone además su contenido más profundo y su sentido interior. Al quedar superado el sábado se hace necesario una nueva determinación positiva. «Por esta razón determinaron los Apóstoles consagrar al culto divino el primero de los días de la semana, y le llamaron «domingo» (7). El «domingo» – «dia del Señor»- es el día en que Nuestro Señor Jesucristo resucitó y descansó de su obra redentora en el tiempo.

3. Se trata de una tradición apostólica.

Lo recuerda el Conc. Vaticano ll: «La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen en el mismo día de la Resurrección de Jesucristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en la fecha que es llamada con razón día del Señor o domingo. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús (…) Por eso el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de descanso del trabajo» (8).

Es obvio que una tradición apostólica -por tanto «mediatamente divina»- es de gran valor para los cristianos de todos los tiempos. Lo cual permite suponer que no sufrirá variación. El fundamento apostólico y el enlace directo con el día que Jesús resucitó, muestran que el precepto dominical no es una mera determinación positiva de una norma de la ley natural sobre la que la autoridad humana – eclesiástica o civil – podrían decidir a su arbitrio. El domingo es el Día del Señor y debemos santificarlo como El ha dispuesto, reconociendo gozosos la soberanía absoluta de su amabilísima Voluntad.

4. El precepto de asistir a Misa

Según la Sagrada Escritura, toda fiesta en honor de Dios debía culminar con la oblación de un sacrificio. Jesucristo instituyó la Santa Misa para perpetuar su Sacrificio en la Cruz, ordenando a sus Apóstoles: «Haced esto en memoria mía» (9). Nos consta, en efecto, que desde la época apostólica, las reuniones litúrgicas tuvieron como centro la Sagrada Eucaristía (10). El precepto eclesiástico actualmente vigente se remonta a esa tradición. En un documento del año 100-150, ya aparece la celebración del domingo como mandato (11). Los especialistas observan que los primeros cristianos daban gran importancia al precepto dominical y permanecían fieles a él, a pesar de las calumnias que sobre ello circulaban entre los paganos, y a pesar de las persecuciones que sufrían. Un ejemplo de reciedumbre, de fe y de amor a Dios que todos hemos de mirar con agradecimiento e imitar con generosidad.

El precepto dominical sólo se cumple con la participación en el Sacrificio de la Misa (Cfr. C.I.C., can. 1248). Ninguna otra celebración – aunque fuese litúrgica- llenaría el sentido del precepto; no cumpliría los requisitos necesarios – entre ellos el del Sacrificio- por el culto perfecto tal como ha sido establecido por Dios mismo, para ser realizado por sus ministros actuando in persona Christi. Por lo demás, es necesario hacerlo según el rito y lugar oportunos (Cfr. C.I.C., can. 1249; por eiemplo, no se cumple el precepto siguiendo la misa por la televisión, aunque esto sea bueno si no se puede presenciar de otra manera). La omisión de la Misa dominical, o de parte importante de ella constituye una falta importante. Lo cual se comprende si se tiene en cuenta que en el precepto dominical se reúnen:

a) una ley natural (que es divina),

b) una ley eclesiástica de origen mediatamente divino, que determina los dias de fiesta, y el modo de celebrarlos.

c) la santidad del domingo, como día reservado al Señor,

d) el holocausto realizado por Jesucristo en la Cruz en honor del Padre y en favor nuestro, que se hace presente en la Misa,

e) la posibilidad de incorporarnos a ese Sacrificio de valor infinito, dando así valor sobrenatural, eterno, a toda nuestra vida.

Despreciar todo esto, o quedar indiferente, es obviamente, una grave falta de fe, de amor y de obediencia.

Por lo demás, cuando se sabe bien lo que es la Misa, la cuestión que se plantea es más bien la siguiente: ¿Me resulta suficiente participar en la Misa sólo los domingos? Es suficiente para cumplir el tercer mandamiento de la Ley de Dios. Pero no basta para saciar el hambre de Eucaristía, el afán de adorar, de agradecer, de reparar y de impetrar que tiene un cristiano de fe bien formada. Por eso, además de los domingos, éste, va a Misa siempre que le resulta posible.

En este punto, el Catecismo de la Iglesia Católica y la Carta Apostólica de Juan Pablo II Dies Domini (31-V-1998), nº 46, no han hecho más que confirmar la enseñanza apostólica. Leamos los párrafos que de este documento se refieren a nuestro asunto (aunque abarca otros importantes aspectos del Día del Señor):

El precepto dominical (Carta Apostólica Dies Domini)

[n. 46]. Al ser la Eucaristía el verdadero centro del domingo, se comprende por qué, desde los primeros siglos, los Pastores no han dejado de recordar a sus fieles la necesidad de participar en la asamblea litúrgica. « Dejad todo en el día del Señor —dice, por ejemplo, el tratado del siglo III titulado Didascalia de los Apóstoles— y corred con diligencia a vuestras asambleas, porque es vuestra alabanza a Dios. Pues, ¿qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino que es eterno? ».(75) La llamada de los Pastores ha encontrado generalmente una adhesión firme en el ánimo de los fieles y, aunque no hayan faltado épocas y situaciones en las que ha disminuido el cumplimiento de este deber, se ha de recordar el auténtico heroísmo con que sacerdotes y fieles han observado esta obligación en tantas situaciones de peligro y de restricción de la libertad religiosa, como se puede constatar desde los primeros siglos de la Iglesia hasta nuestros días.

San Justino, en su primera Apología dirigida al emperador Antonino y al Senado, describía con orgullo la práctica cristiana de la asamblea dominical, que reunía en el mismo lugar a los cristianos del campo y de las ciudades (76). Cuando, durante la persecución de Diocleciano, sus asambleas fueron prohibidas con gran severidad, fueron muchos los cristianos valerosos que desafiaron el edicto imperial y aceptaron la muerte con tal de no faltar a la Eucaristía dominical. Es el caso de los mártires de Abitinia, en Africa proconsular, que respondieron a sus acusadores: « Sin temor alguno hemos celebrado la cena del Señor, porque no se puede aplazar; es nuestra ley »; « nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor ». Y una de las mártires confesó: « Sí, he ido a la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana ».(77)

[47]. La Iglesia no ha cesado de afirmar esta obligación de conciencia, basada en una exigencia interior que los cristianos de los primeros siglos sentían con tanta fuerza, aunque al principio no se consideró necesario prescribirla. Sólo más tarde, ante la tibieza o negligencia de algunos, ha debido explicitar el deber de participar en la Misa dominical. La mayor parte de las veces lo ha hecho en forma de exhortación, pero en ocasiones ha recurrido también a disposiciones canónicas precisas. Es lo que ha hecho en diversos Concilios particulares a partir del siglo IV (como en el Concilio de Elvira del 300, que no habla de obligación sino de consecuencias penales después de tres ausencias) (78) y, sobre todo, desde el siglo VI en adelante (como sucedió en el Concilio de Agde, del 506).(79) Estos decretos de Concilios particulares han desembocado en una costumbre universal de carácter obligatorio, como cosa del todo obvia.(80)

El Código de Derecho Canónigo de 1917 recogía por vez primera la tradición en una ley universal.(81) El Código actual la confirma diciendo que « el domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa ».(82) Esta ley se ha entendido normalmente como una obligación grave: es lo que enseña también el Catecismo de la Iglesia Católica.(83) Se comprende fácilmente el motivo si se considera la importancia que el domingo tiene para la vida cristiana.

[48]. Hoy, como en los tiempos heroicos del principio, en tantas regiones del mundo se presentan situaciones difíciles para muchos que desean vivir con coherencia la propia fe. El ambiente es a veces declaradamente hostil y, otras veces —y más a menudo— indiferente y reacio al mensaje evangélico. El creyente, si no quiere verse avasallado por este ambiente, ha de poder contar con el apoyo de la comunidad cristiana. Por eso es necesario que se convenza de la importancia decisiva que, para su vida de fe, tiene reunirse el domingo con los otros hermanos para celebrar la Pascua del Señor con el sacramento de la Nueva Alianza. Corresponde de manera particular a los Obispos preocuparse « de que el domingo sea reconocido por todos los fieles, santificado y celebrado como verdadero “día del Señor”, en el que la Iglesia se reúne para renovar el recuerdo de su misterio pascual con la escucha de la Palabra de Dios, la ofrenda del sacrificio del Señor, la santificación del día mediante la oración, las obras de caridad y la abstención del trabajo ».(84)

[49]. Desde el momento en que participar en la Misa es una obligación para los fieles, si no hay un impedimento grave, los Pastores tienen el correspondiente deber de ofrecer a todos la posibilidad efectiva de cumplir el precepto. En esta línea están las disposiciones del derecho eclesiástico, como por ejemplo la facultad para el sacerdote, previa autorización del Obispo diocesano, de celebrar más de una Misa el domingo y los días festivos,(85) la institución de las Misas vespertinas (86) y, finalmente, la indicación de que el tiempo válido para la observancia de la obligación comienza ya el sábado por la tarde, coincidiendo con las primeras Vísperas del domingo.(87) En efecto, con ellas comienza el día festivo desde el punto de vista litúrgico.(88) Por consiguiente, la liturgia de la Misa llamada a veces « prefestiva », pero que en realidad es « festiva » a todos los efectos, es la del domingo, con el compromiso para el celebrante de hacer la homilía y recitar con los fieles la oración universal.

Además, los pastores recordarán a los fieles que, al ausentarse de su residencia habitual en domingo, deben preocuparse por participar en la Misa donde se encuentren, enriqueciendo así la comunidad local con su testimonio personal. Al mismo tiempo, convendrá que estas comunidades expresen una calurosa acogida a los hermanos que vienen de fuera, particularmente en los lugares que atraen a numerosos turistas y peregrinos, para los cuales será a menudo necesario prever iniciativas particulares de asistencia religiosa.(89)

Jorge Balvey

Notas:

(1) Fil 2,8; Cfr 4, 34, etc.
(2) Conc. Vat II, Decl. DH. 3
(3) Ex 20, 8, 11.
(4) Ex 31, 14
(5) Gen 2, 2
(6) Mt 5, 17
(7) Catecismo Romano p. III, c. IV, n. 7
(8) Const SC, n. 106.
(9) Lc 22, 19.
(10) Cfr. Act 20, 7; 2, 42;
(11) Didajé, 14, 1; S. JUSTINO, Apología, 1, 67, 7
(12) Conc. Vat II, LG, n. 11.

Fuente: arvo.net

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