Consejos para vivir la paz en el matrimonio

La vida cotidiana de una pareja es terreno abonado para que surjan malentendidos y conflictos entre ambos cónyuges. Muchas veces, el estrés que produce el trabajo y la educación de los hijos son motivo de discordia entre los esposos. Los matrimonios que saben sortear estas dificultades, son aquellos que manejan una comunicación asertiva y no caen en pequeñeces, manteniendo siempre en perspectiva el amor y la unión conyugal.

Consejos para vivir la paz en el matrimonio

A continuación enunciamos algunas situaciones que pueden dañar la paz del matrimonio, pero que si se manejan sabiamente superarán los malentendidos y conservarán la paz del matrimonio:

No vuelva tragedia detalles que le molestan de su cónyuge en la vida cotidiana. Simplemente exprese su molestia sin que suene a “cantaleta”.
Cuando se trata de la intimidad, recuerde que la mujer para el hombre y el hombre para la mujer. No obligue a su cónyuge a hacer lo que no quiere, ¿por qué imponer leyes personales cuando existen las leyes de Dios?
El matrimonio tiene unos fines. El olvido de ellos o la inversión del orden establecido es causa de trastornos físicos, psíquicos y morales. La paz en el matrimonio tiene unos caminos trazados; los que salen de él corren peligro de perderse.
Esa discusión por “el bien de los hijos”, ¿no tendrá sus raíces en el deseo de imponer el criterio propio? Desear el bien de los otros no es discutir, es unir fuerzas y sacrificios.
Las enfermedades, las molestias pequeñas o grandes, son algo común. Aumentar las nuestras y hacernos primeras figuras a base de lamentaciones suele ser causa de incomodidades familiares.
Amor

Al amor no se le pueden quitar los detalles. Al amor no se le pueden quitar las palabras. Al amor no se le pueden quitar los cimientos de atracción y de ilusión que lo crearon.
Querer de verdad y de corazón es amar los defectos del otro. No tiene raíces profundas el amor cuando pretendemos obligarle a entrar en nuestros propios moldes.
La fidelidad en el matrimonio en importantísima. Dado por supuesto que existe en lo grande, ser fiel en lo pequeño pensamientos, miradas, palabras, actitudes, puede ser trabajo de toda la vida.
Es admirable la mujer que se arregla con ilusión para estar en casa y para recibir a su marido. “Una mujer compuesta quita al hombre de otra puerta”.
La moda, escogida con acierto, puede hacer milagros si se sigue con sentido común, sentido de la estética y sentido de la decencia.
Entre marido y mujer se puede hablar con claridad, pero claridad no es grosería.
Si por aquello de la confianza, él y ella han suprimido frases como “por favor”, “gracias”, etcétera, convendría que las incorporaran rápidamente a su vocabulario.
Respeto

En ocasiones, las bromas pueden resultar insulto; en ese caso es mejor callarse. Se agradece más una constante y agradable serenidad que una alborotada alegría de las que terminan por herir.
Poner la misma fuerza de voluntad para no decir cosas desagradables aunque se hable con verdad y en verdad que la que se pone para ocultar años y defectos. Se avanzaría mucho en la conquista de la paz.
Respetar exige mucho amor y mucha comprensión. Para respetar la personalidad ajena es preciso tener personalidad propia.
No porque la casa sea propia, se destruye. No porque el carro sea propio, se usa indebidamente. Porque el marido o la mujer sean propios, no se desprecian.
Fortaleza

Las dificultades económicas son una dura prueba. Si en vez de separara a los que se quieren, los une para el esfuerzo, pueden ser “desgracias” positivas.
La queja constante, aunque haya motivo, convierte a un hombre en un ser insoportable.
A ella le gusta la playa y a él la montaña. Hasta ahora, todo es natural. No lo son el desprecio y la repulsa sistemática hacia la playa o hacia la montaña.
Para ponerse de acuerdo dos personas es preciso que uno de los dos sepa ceder. No es bueno creerse siempre en posesión de la verdad. Muchas veces esa verdad es subjetiva y velada por el agotamiento, por el mal humor o por la terquedad.
Generosidad

El egoísmo es el gran enemigo de la paz. Pensar en el gusto propio, en la manera propia, en el propio estilo, en la propia conveniencia, es perder el camino.
Generosidad al dar y generosidad al gastar. Los problemas serán menos y el equilibrio mayor.
Comunicación

Para que haya comunicación debe haber, en primer lugar, voluntad de tener una actitud de diálogo. Es tan difícil dialogar, sobre todo porque el hombre y la mujer ¡son tan distintos!
Para lograr una verdadera comunicación debe existir también el respeto, o sea, el valor que merece la pareja, la persona que se eligió para compartir el resto de la vida.
Muchas veces las parejas dialogan pero sólo para soltar un montón de reproches. De eso no se saca nada más que ofensas, porque cuando se reprocha, no se escucha, sólo se ve lo malo que ha sido el otro.
Las parejas que no dialogan, que no se conocen profundamente, no podrán tener una vida sexual plena. Tal vez sí exista el placer físico, pero éste es pasajero, no trasciende, será el encuentro de dos cuerpos pero no de dos seres.
Fuentes: Los Cerros, revista 1.984, masalto.com

EL LENGUAJE EN MIL PALABRAS

Por Miguel Siguán
catedrático de Literatura
en NUEVA REVISTA

Probablemente lo más profundo que se pueda decir sobre el lenguaje es que es al mismo tiempo instrumento del conocimiento y medio de comunicación entre los hombres.

Que el lenguaje es instrumento del conocimiento quiere decir que al conocer estructuramos verbalmente la realidad conocida. ¿Qué es la física sino un conjunto de afirmaciones, a las que se añaden un conjunto de preguntas sobre unos determinados aspectos de la realidad? Y lo mismo puede decirse de cualquier otra ciencia. Fueron los griegos los primeros en advertir esta estrecha relación entre lenguaje y conocimiento; las palabras se corresponden con los conceptos a los que designan, las frases con los juicios y los discursos o los textos con los razonamientos, lo que equivale a decir que hay una estrecha relación entre lenguaje y razón. Y fueron los griegos quienes definieron al hombre como un animal racional, pero también como un animal locuente, dejando así clara la mutua dependencia entre racionalidad y capacidad de hablar. No por casualidad la palabra logos significa en griego tanto “palabra” como “razón”, y lo mismo ocurre con el término verbo en latín. Una relación estrecha, que se mantiene en la escolástica medieval y en toda la filosofía racionalista, y en buena medida hasta nuestros días, como fundamento del conocimiento cientítico, tanto por quienes entienden que la razón es una manifestación del espíritu, como por quienes la consideran un resultado de la actividad del sistema nervioso.

Todos los niños del mundo empiezan a hablar a la misma edad y siguiendo las mismas etapas, lo que demuestra la dependencia del lenguaje respecto a unos condicionantes orgánicos insertos en la propia biología. Sin embargo, cada niño aprende a hablar no en general, sino precisamente en la lengua que hablan los que le rodean. Y así nos topamos de bruces con la gran paradoja del lenguaje. El lenguaje como instrumento del conocimiento es común a todos los hombres, pero el lenguaje como medio de comunicación se fragmenta en lenguas distintas, y solo pueden comunicarse entre sí los que hablan la misma lengua. Y en el mundo existen millares de lenguas, entre cuatro mil y seis mil (o muchas más, según algunos autores).

Cada lengua forma un sistema cerrado y estructurado; es posible estudiarlo como tal y deducir sus normas en sus distintos niveles (el sistema fonético, el sistema léxico y el sistema gramatical), que es lo que han hecho los lingüistas en todos los tiempos. Haciéndolo así es posible, como hace Chomsky, considerar cada lengua como una concreción de una gramática general inscrita en la propia naturaleza humana. No obstante, esto no explica por qué existen lenguas distintas, ni cómo surgen sus diferencias.

Cualquiera que sea la manera como se imagine la aparición del hombre en el proceso evolutivo, actualmente existe un acuerdo generalizado sobre la unidad de la especie humana y, con ella, sobre el origen común del lenguaje. A partir de un lenguaje originario, no parece difícil imaginar cómo se desarrollaron las lenguas actuales. Una lengua, aunque sea la misma para todos sus hablantes, no es algo estático, sino que cada uno al utilizarla introduce pequeñas variaciones. Algunas de ellas son recogidas por sus interlocutores y acaban provocando algún cambio lingüístico. Mientras el grupo de hablantes siga unido, los cambios se difundirán por todo el grupo, pero si el grupo se escinde en grupos incomunicados entre sí, la evolución lingüística será distinta en cada lugar, y con el tiempo producirá lenguas distintas. El estudio de la evolución de las lenguas y de las variedades de una misma lengua en un territorio geográfico extenso fue la gran novedad de la lingüística del siglo XIX. Sin embargo, esta perspectiva histórica ha tenido como consecuencia otra manera de entender las lenguas.

Frente al pensamiento clásico (que creía que la cultura era única y se expresaba en una lengua determinada, primero en griego y luego en latín) y frente a los humanistas (que seguían creyendo en la unidad de la cultura, aunque se expresase en las distintas lenguas cultas), el romanticismo, a partir de Humboldt, difundió la idea de que cada lengua se corresponde con una cultura, a la que expresa, y que es el producto de una colectividad histórica que puede constituirse en nación. Aprendiendo a hablar, el niño se incorpora a una cultura determinada que moldeará su personalidad. Así entendida, la lengua no solo es un modo de comunicación de los miembros de un grupo, sino también su signo de identidad individual y colectiva.

En el límite, este punto de vista significaría que cada cultura es única y, por tanto, que las lenguas son intraducibles. Significaría que ser bilingüe supone tener una personalidad partida y, si se quiere, esquizofrénica. Es un punto de vista claramente exagerado. Los seres humanos logran comunicarse y entenderse a pesar de tener lenguas distintas. En primer lugar, porque el lenguaje como instrumento del conocimiento permite alcanzar conocimientos comunes que pueden ser expresados en lenguas distintas. Pero también logran comunicarse porque la comunicación no se apoya exclusivamente en el lenguaje verbal. Antes de adquirirlo, los niños son capaces de comunicarse con los que les rodean de muchas maneras, gracias a un lenguaje gestual que no solo es anterior al lenguaje verbal, sino que le acompaña a lo largo de nuestra vida. Este lenguaje gestual surge a su vez de esa necesidad de comunicarse que define al niño desde su nacimiento y que le lleva a convertirse en persona en relación con otras. Se trata de un proceso en el que el lenguaje verbal desempeñará un papel importante tanto como soporte de la intimidad (que en buena parte es lenguaje interiorizado), como instrumento al servicio de las relaciones con los demás, en buena parte construidas por diálogos verbales. En buena parte, pero no del todo. Pues, en definitiva, el lenguaje nos aparece como un intermedio entre dos polos opuestos: el silencio de la indiferencia o del odio que imposibilitan la comunicación, y el silencio de la comunicación plena cuando las palabras se hacen inútiles.

Fuente: www.arvo.net

SABER CONSOLAR

Por la Dra. Gloria María Tomás y Garrido
Vicepresidente de la Sociedad Valenciana de Bioética
en las VI Jornadas nacionales y II internacionales de Bioética:
“ENVEJECER CUANDO NACE UN SIGLO”

Granada 25 y 26 de septiembre de 1998

INTRODUCCIÓN

Saber consolar es un valor aceptado en la actualidad: no porque se nos haya inculcado en la escuela, no porque tenga preeminencia social, sino por algo importantísmo y, a su vez, peculiar: por haberlo experimentado. Nadie que ha sido consolado adecuadamente, o nadie que ha sabido hacerlo piensa que es una tontería.

Hay un elenco de experiencias personales que son definitivas y radicales en una vida, en las que nadie sustituye al otro; desde este ángulo, mi tesis es mostrar no con datos estadísticos, ni con teorías muy elaboradas, sino apuntando a la vida cotidiana que, aprender a consolar es aprobar la vida humana, estar de acuerdo con ella.

Este tema puede enfocarse también desde un punto de vista bioético; se nos brinda en estas jornadas una ocasión propicia para aplicarlo a un tipo de personas determinadas: los ancianos.

LA VEJEZ

No es fácil ni definir ni describir el envejecimiento humano; en nuestro caso, nos vamos a referir al tipo de ancianidad, que adviene con la edad, y que aparentemente supone un declinar del hombre, por cierta incidencia cualitativa en su personalidad, en el modo de relacionarse consigo mismo, y con los demás, que conlleva al menos molestias.

El significado de la vejez es más amplio; no vamos a caer en juego de palabras, pero la experiencia nos avisa que la ansiada madurez humana, suele ir unida a un declive biológico; la plenitud somática no suele responder a la cima espiritual; existen jóvenes adultos, y viejos que son como niños…

En este trabajo nos referimos a ese anciano que, en el mejor de los casos, pierde la capacidad para retener lo inmediato; se refugia en el pasado; repite una y otra vez sus preocupaciones y ensueños; presenta una disminución de la velocidad psicomotora para expresar sus experiencias; tiene un cierto empobrecimiento en el razonamiento y de sus aptitudes verbales…Y todo esto, sin ahondar en cuestiones más dolorosas y no menos reales, de síndromes múltiples y no graves, pero constantes, que suelen cortejarle; además, pueden plantearse síntomas y enfermedades más serias y específicas de esas circuntancias: demencia senil, cardiopatías, debilitación en los órganos de los sentidos, malnutriciones…

Este personaje no es ni virtual ni de ficción, sino un sector de la población occidental cada vez más amplio; las predicciones a nivel mundial apuntan a que en el siglo XXI supondrán el 25% de la población; habrá más de 600.000.000 personas con más de 65 años.

La ONU advierte que este envejecimiento de la población es un cambio sin precedentes en magnitud y velocidad en el desarrollo mundial; es un tema clave en orden a las necesidades de servicios de salud, de pensiones y de recursos sociales; en el sector de servicios –viene a ocupar el tercer puesto, después del cuidado del medio ambiente y de la telecomunicación-, consumiendo cada vez más recursos.

En España, por ejemplo, hay en la actualidad, hay más de 3.000 residencias de la tercera edad, que suponen aproximadamente casi 200.000 plazas; cifras elevadas, aunque sean claramente inferiores a los que se van desarrollando en Centroeuropa.

Las cuestiones que, con objetividad, se plantean son múltiples: ¿vale la pena vivir así? ¿compensa el gasto para prolongar los años de vida? ¿quién y como deben atender a esas personas? ¿qué calidad de vida hay que evaluar? ¿cúal se merece?¿qué se le puede ofertar…?

Permítanme que introduzca una experiencia argumentada, que hace un guiño de simpatía o de empatía a toda vida humana; consiste en recordar la actitud de un prestigioso médico: solía cobrar algo de más a aquellos enfermos hipocondríacos de altos recursos económicos que con excesiva –a veces, desaforada— frecuencia acudían a su consulta; ese dinero lo invertía en libros para la biblioteca del hospital; el mismo doctor, algunos fines de semana, aprovechaba un buen rato para ir a visitar a algún enfermo incurable, desahuciado, viejo y/o solitario…; la visita se prolongaba hasta que este enfermo sonreía…

BIOÉTICA PERSONALISTA

Si a lo largo de estas jornadas, esta anécdota se convirtiera en historia no contada sino vivida, en modelo para acciones similares, se habría captado un aspecto importante de la Bioética personalista -urdimbre humanizadora-, que cura, de manera significativa, las nostalgias e incertidumbres que tozudamente nos acompañan y, con frecuencia, nos acongojan; a todos, y más a los abiertamente indefensos.

Argumentar el sentido, incluso el modo de consolar al anciano desde una perspectiva Bioética, además de la anécdota, aunque sea clave, exige planteamientos muy serios y comprometidos; que tienen cierto carácter de totalidad; si el consuelo lo proporcionan las personas habrá que disponer de ellas, y de su dedicación para ejercitarlo, habrá que establecer nuevas líneas de empleo de recursos, y orientaciones de trabajos, etc.

Prescindo, aunque no ignoro, de esos aspectos y, en esta ocasión se apunta a la preparación en Bioética que se precisa en el campo de la corporalidad, cuando ésta entitativamente va a peor. El estudio bioético se encuentra, a mi entender, comprendido entre estos dos extremos:

a) Los límites: los límites “desde abajo” -buscar y encontrar donde está la frontera del hombre-; qué áreas personales por su intangilidad, en conciencia, exigen respeto de esa persona que aparentemente ya no da de sí o no da tanto de sí; examinar si hay acciones que nunca deben hacerse; como evitar caer en un relativismo desolador; la Bioética, tiene que trabajar para que la vida humana no se desajuste ni malogre.

b) Las metas: el “hásta donde” hay que llegar, por arriba, en ese cuidado; ahí no se puede hablar de límites, sino de libertad, y no de una cualquiera, sino de la la libertad de la generosidad.

Para atender bien al anciano necesitado, aún cuando se llegue o se parta de una serie de principios y de reglas, no se pueden aplicar indistintamente a cualquiera, a modo de prontuario; siempre habrá un algo que supera la regla fría, que va roturando un camino más profundo, una dirección vital que, aunque huela a utopía, llegue a armonizar el progreso de la ciencia y el desarrollo social con el enriquecimiento de la conciencia de cada cual.

Bien es cierto que la Bioética, por ser de alguna manera una joven disciplina, va siguiendo distintas y plurales vías; también hay diversas corrientes personalistas; es lógico, el bien es complejo, pero, y esto es lo importante, en lo genuinamente humano el bien es unitario.

LÍMITES

Con respecto al primer extremo planteado, se necesita un dique no utilitarista porque ningún hombre es un producto, o una mercancía, o cosa. Es encontrar claves, que aporten el humus conveniente para el desarrollo de lo real, de lo personal; es una Bioética fundante, que ilumina y orienta la lectura del gran libro de la vida humana, algo que parece sencillo, pero que implica la honradez y la modestia intelectual de no inventar sino de descubrir.

Insisto que me limito en este trabajo, a acentuar únicamente el límite que impone la comprensión de la corporalidad humana; que se impone por ser no sólo corporalidad, sino corporalidad humana; en los ancianos, el cuerpo es por definición deficiente, por lo que si no se lee bien qué hay, mejor quien hay a través de ese cuerpo, el término final será inexorablemente la eutanasia a la carta; una injusticia evidente porque el hombre no sólo tiene cuerpo, no sólo habita en él, sino que es un ser al que el cuerpo le pertenece constitutivamente, y que se expresa en él, que está dotado de significado; la actuación sobre él, por muy deteriorado que esté, no puede jamás ser arbitraria.

Sirva para subrayar esta argumentación un texto anónimo, descubierto en la antigua Iglesia de Saint Paul de Baltimore:

“…Tú tienes derecho a estar aquí, te resulte evidente o no./

Sin duda el universo se desenvuelve como debe./

Mantente en paz con Dios./

De cualquier modo que lo concibas./

Sean las que sean tus aspiraciones y tus trabajos/

Mantén en la rudosa confusión, paz en tu alma./

Con todas sus farsas. Trabajo y sueños rotos./

Éste sigue siendo un mundo hermoso./

Ten cuidado. Esfuérzate en ser feliz./

Procurando hacer felices a los demás.”

Los límites no pueden establecerse considerando lo mínimo que hay que respetar de la persona, sino lo básico: “…tu tienes derecho a estar aquí…”

LAS METAS

La Bioética, en tanto que ciencia aplicada, es una base idónea para la lectura de la vida humana, pero quizás no suficiente; la realidad es siempre superior, y nos responde –por decirlo de alguna forma- misteriosamente; de nuestras certezas, de nuestras oscuridades –sin abandonar todos los medios técnicos y humanos a nuestro alcance- es de donde saldrán tantas pautas, para tratar y tratar muy bien, con mucha dosis de compasión y de comprensión al anciano.

La vida, la de ese anciano, es lo que se me da para interpretar la doctrina, y el hombre que yo me encuentro es alguien abatido por la limitación, que no puede disponer de la independencia que desearía, o que la dependencia que reclama no se le cubre como esperaba; que le resulta prácticamente imposible afrontar las obligaciones laborales, alguien a quien se han interrupido proyectos; que, quizás, runrunea sentimientos de inutilidad, inseguridad, miedo, incomprensión; dolor por la pérdida de seres queridos,; con una tendencia nostálgica hacia el mundo de recuerdos…

Si la atención del anciano responde a lo que refleja su cuerpo, si no se tienen en cuenta todas estas verdades, será falsa, ineficaz, inauténtica. Pero además, hay más, paradójicamente, la dotación del ser humano es tal que, como rezan los refranes populares “no hay mal que por bien no venga” y “cuando una puerta se cierra, otra se abre”…

Lo que quiero remarcar es que ese panorama expuesto, deja de ser desolador, incluso más, es una riqueza en “doble dirección” (para el anciano y para el cuidador) cuando el anciano recibe, pudorosa y lo más oportunamente que se pueda, la ayuda humana más bonita: el consuelo.

Siempre ocurre, y me interesa mucho defenderlo, que no se puede medir del todo si al consolar se da un bien –que desde luego se da- o si se recibe una riqueza –digamos antropológica, que es algo más que humanitaria- inesperada; pero parece que, cuando la vida está aparentemente acabada, al consuelo, algo que activamente todos podemos hacer mejor, y que pasivamente, todos deseamos que nos ofrezcan en determinados momentos quizás críticos, aunque el pudor nos impida reclamarlo, da una dimensión inexplicable, aunque certera, de la nobleza humana.

Probablemente, y es un final aún más feliz, la experiencia acumulada por un cuidador de ancianos, conllevará a su vez, una preparación personal idónea no sólo para su actitud, sino en orden para cuando sea él, el que deba de ser atendido; incluso le guiará a saber prepararse para envejecer.

A MODO DE TESTIMONIOS

Además de experiencias personales, también la literatura de todos los tiempos, incluso la que quizás hayamos leído estos últimos años, ofrecen pruebas evidentísimas de esta necesidad humana de dar y de recibir algo más que lo tangible, aunque esto se haga del mejor modo.

El instinto de justicia y de caridad, presentes en cada uno de nosotros, a pesar de todos los mentís de la historia, pide que la vida tenga un sentido … no para asegurarnos una recompensa egoísta, sino para que la vida sea algo. Para que sea, sencillamente. Y ¿hay sentido sin un tú? Mejor, ¿hay sentido sin un tu y un yo, sin el plus de lo personal? Ya lo anunció Grahan Green: “Si fuéramos al fondo de las cosas, ¿no tendríamos compasión incluso de las estrellas?”

Todos comprendemos y podemos participar de sentimientos y realidades como las siguientes, pertenecientes a alguna novela:

-“Qué fastidioso pero qué indispensable es el cuerpo” dirá Frizzi en El secreto de M. Swann; en la misma novela, Sara afirma: “Pienso mucho en la soledad, sin duda la más extendida de las enfermedades modernas” ;

-“En la vejez, libre ya de todo cuidado acerca del campo, de su mujer, de sus hijos, quedábale algún momento para pasear por el mundo su mirada desinteresada” -Zorba, el Griego-;

-“En tres cosas reposa la vida: en el derecho, expresado por la ley; en la verdad, manifestada en el mundo; y en el amor de los hombres que reside en el corazón” –Mis gloriosos hermanos-.

Aunque más significativo son las siguientes realidades; también porque encima son verdad:

-Certeramente describe Möeller lo ocurrido en la vida de Simone Weil; ella entendió el sentido del sufrimiento, pero fue literalmente devorada por su inteligencia. El drama de su espíritu fue la obsesión de una certeza matemática donde no puede haberla; el racionalismo, dirá este autor, lleva siempre consigo la aparición del extremo opuesto, la obsesión por la materia…estamos ante una víctima de su soledad espiritual;

-Escuchemos ahora a Marie de Hennezel, en su libro La muerte íntima: “He conocido (…) la impotencia ante el avance de la enfermedad, he vivido momentos de rebeldía ante la lenta degradación física de las personas a las que acompañaba, momentos de agotamientos (…) Pero junto con este sufrimiento, tengo la sensación de haberme enriquecido, de haber conocido momentos de un peso humano incomparable, de una profundidad que no cambiaría por nada del mundo (…) sé que no soy la única que los ha vivido (…) mi actividad me ponía en contacto con el dolor, es cierto, (…) una ocasión única de intimidad.

Novelado o real, el sufrimiento está, y lo está también en la vejez. Por ello, la necesidad de consolar casi es evidente…, aunque no se haga, al menos como se debe; quien sabe si esta época nuestra pasará a la historia, como una en la que había que gastar tiempo y dar formación para hacer sencillamente lo que hay que hacer.

CONSOLAR

El consuelo más elocuente carece de voz, no se discute, se ejercita; es cuestión de corazón; “que no hay que explicarlo todo, sino casi todo…”dirá el hijo de la protagonista de Irse de casa. La misma idea, que ya reconoció Pascal, que el corazón tiene razones que no tiene la razón; que no tenemos las facultades para dar todas las razones de las cosas que, sin embargo, sabemos y podemos hacerlas.

Por mucho que la ciencia avance, es más importante que la persona avance sobre sí misma; la Bioética como ciencia multidisciplinar, no renuncia a formar para que se encuentren vías de resolución de errores en la asistencia sanitaria, factores socioeconómicos, …y/o de muchas otras cuestiones.

Pero, en definitiva, de poco servirían si, junto a ellos, no se alivian con la cercanía de seres queridos o seres que se hacen querer. Recuerdo a un psiquiatra que comentaba que la locura de la sociedad actual no es porque hayamos perdido la cabeza, sino porque falta corazón. En la literatura clásica a sido descrito el corazón como el resumen de la vida humana. “Dime lo que amas, y te diré quién eres…”

Ahora correspondería realizar, pero se sale de la materia, una cálida apología del corazón, la que hace la libertad enormemente fecunda para comprender al hombre en su totalidad, para tener compasión –virtud tan maltratada- no sólo de la indigencia humana, sino de la grandeza –aunque esté escondida en la indefensión, como es el caso del anciano-; una apología que capta las verdades que son verdades universales, aunque no absolutas; precisamente por eso hay mucho campo de iniciativa en la auténtica atención humana de las personas mayores, es labor personal, casi intrasferible, de artesanía; que crea encuentros, y despierta la parte más noble que tenemos; muestra lo vivencial y a veces inédito, que toca a cada cual no tanto tratar de entender, sino madurar y de aplicar. Es la ya citada meta en esa libertad de la generosidad, de la gratuidad.

Como muy bien ha afirmado un experto en humanidad :”Ninguna institución puede de suyo sustituir el corazón humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno”.

El corazón es el verdadero yo, dirá von Hildebrand. Cuando consolamos a una persona , lo que logramos es que sea su corazón el que nos llame, el que nos de, el que nos pida. Eso lo entendemos todos.: así es la persona…

Quedan puntos suspensivos…, pero al menos recordemos que Consolar es estar de acuerdo con la vida. Como la sonrisa del médico formado en Bioética personalista.

Gloria María Tomás y Garrido

SE HA EMPLEADO PARA BIBLIOGRAFÍA

-Entender el mundo de hoy, Yepes, Ricardo. Rialp, 1993
-Literatura del siglo XX y Cristianismo, (el silencio de Dios), Charles Möeller
-La muerte íntima, Marie de Hennezel,
-Irse de casa, Carmen Martín Gaite. Anagrama, 1998
-Mis gloriosos hermanos, Howard Fast, Edhasa,1995
-El secreto de Mary Swann, Carol Shields. Tusquest, 1997
-Alexis el Griego, Niko Kazantzakis, Peuser
-El corazón, Dietrich von Hildebrand. Palabra, 1996

fuente:arvo.net

DOLOR DEL HOMBRE, DOLOR DE DIOS

La encarnación del Verbo es un misterio que no nos permite salir de nuestro asombro. Sin embargo, no faltan experiencias que nos aproximan de algún modo a la experiencia de Jesús en lágrimas.

Por Antonio Orozco

EL AMIGO ENFERMO

Jesús de Nazaret es hombre buscado y perseguido por «la justicia». Los capitostes del pueblo están nerviosos. Les incomoda sobremanera la palabra, las obras, los milagros que hace el Galileo. Ha habido ya un intento de lapidación y le buscan de nuevo para consumar su proyecto. Pero Jesús es pura afabilidad, ha cultivado la amistad, valor inestimable; tiene amigos entrañables que darían la vida por Él. Uno de ellos es Lázaro, de Betania, hermano de Marta y María. Jesús hacía altos en su caminar incansable, para descansar en casa de Marta. Allí se sentía como en su hogar, entre los suyos. Podía hablar con franqueza, sin temor a que sus palabras fuesen retorcidas. Se querían unos a otros intensamente.

Un día, mientras Jesús andaba evangelizando lejos, Lázaro cae enfermo de gravedad, más aún, de muerte. Sus hermanas se alarman. Conocen el poder taumatúrgico del Amigo. Si ha curado a tantos, si incluso ha resucitado a una niña, y al hijo de una viuda, a quienes no conocía más que de un encuentro fugaz, con seguridad curaría a Lázaro, su amigo. Le envían mensajeros: «-Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo» (Jn 11, 3). Pero Jesús sale con que aquella enfermedad «no es de muerte», sino «para la gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el hijo de Dios». Lenguaje opaco. ¿Cómo puede dar gloria a Dios una enfermedad? ¿Cómo puede ser alguien glorificado por ella? La enfermedad es una maldición y la muerte no digamos…

El caso es que «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» y «aun cuando oyó que estaba enfermo, se quedó dos días más en el mismo lugar» (Jn 11, 5-6). ¿A qué viene semejante «cachaza»? ¿Qué puede haber más urgente que sanar a un amigo, si se puede? No consta que hubiera algún asunto más importante que atender o que no se pudiera aplazar. Además, se ve que él sabía más que el mensajero. Conocía –aunque se expresara con palabras ambiguas, ¡poéticas! -«Lázaro nuestro amigo está dormido…»- que la enfermedad era de muerte (cf Jn 11, 13). Lo sabía. Y añade: «me alegro por vosotros de no haber estado allí». Lo que nos faltaba. La conclusión del argumento tampoco resuelve la inquietud: «para que creáis» (Jn 11, 14) (?)

Quizá, si sabe que Lázaro ha muerto, debe de disponerse a obrar un gran prodigio. ¿Habrá sido un anuncio implícito de resurrección? Se suceden escenas de dramatismo intenso. Marta le sale al encuentro, suplicante. Jesús le anima y quiere encenderle la fe, aún escasa, enfatizando cada sílaba: «Yo soy la resurrección y la vida». María llora desconsolada y reprocha a Jesús su tardanza, llora como una magdalena. Todos lloran, también los judíos barbados. Y Jesús «se estremece por dentro, se conmueve»,. ¡y Lloró Jesús! (Jn 11, 35)

LÁGRIMAS DE DIOS HIJO

Todo un Dios contagiado por lágrimas de mujeres y niños (aunque también de barbudos, es justo reconocerlo). ¿No estaba contento? ¿No se había alegrado de no haber estado allí? ¿No iba a resucitarle? ¿No estaba prevenido de las circunstancias? ¿No tenía en presente el inmediato futuro? Sin embargo, se conmueve en lo más hondo. Jesús, verdadero Dios, se conmueve como verdadero hombre. Su divinidad no le impide algo tan humanamente natural como el contagio de unas lágrimas. «Decían entonces los judíos: -Mirad cuánto le amaba». Era patente, no pudo esconderlo. No pudo esconder sus lágrimas. No pudo contenerlas. Y se dirige al sepulcro no como el actor cuyo triunfo es seguro, porque va a interpretar magistralmente la apoteosis de un clímax fascinante. Va conmovido, apenado de verdad, las lágrimas son visibles, no prefabricadas, son auténticas, surcan su rostro. Anda hacia el sepulcro y en el camino ¡«se conmueve de nuevo»! (Jn 11, 38).

¿Qué es esto, un Dios «trascendente, infinitamente distante» o un hombre traicionado por su corazón demasiado tierno, herido por la frustración de una amistad «inmanente», que cumple la definición clásica: «el amigo es la mitad de mi alma»?

Es el misterio de la encarnación del Verbo. El Dios vivo es del todo trascendente y distinto al mundo, pero no distante. No es el mundo. No es nada del mundo, pero está en todo, «por esencia, por presencia y por potencia». Está de modo peculiar en lo más íntimo de la criatura humana: «más íntimo a mí mismo que yo mismo» (san Agustín). Y en Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero – hijo de María, Hijo del hombre, hombre verdadero, sin trampa ni cartón-, Dios no sólo «está», sino que «es». Dios Hijo se ha hecho carne; hombre, con tanta verdad que puede decir al señalar con el dedo a Jesucristo: «este hombre soy Yo». Y Jesucristo puede decir y dice: «Yo soy», es decir, «Yo soy Yo soy» (cf Jn 8, 28; 18, 5), que es el nombre de Dios. Dios Hijo (Segunda Persona divina, verdadero Dios) «es» verdaderamente el Hijo de María. El Hijo de María «es» Dios Hijo: una sola Persona, dos naturalezas, unidas –al decir de los teólogos- «hipostáticamente», es decir, en un único Sujeto (Persona), que es el Verbo.

En fin, Jesús sabía que Lázaro había muerto y se había alegrado. Tenía buenos motivos para ello, porque tenía en presente el futuro. Aquella enfermedad y aquella muerte era para su propia gloria. Pero tener en presente el futuro y su futura gloria, no le impide, al contrario, tener en presente el presente y ser más fuerte en su corazón el «presente-presente» que el «presente-futuro». La encarnación del Verbo es un misterio maravilloso que no nos permite salir de nuestro asombro. Sin embargo, no faltan experiencias que nos aproximan de algún modo a la experiencia de Jesús en lágrimas.

LA MUERTE DE UN AMIGO

Hace algunas semanas se me murió un amigo, un hombre bueno, más aún, santo, a mi parecer. Yo lo sabía. Y sabía –porque me lo enseña la Iglesia, me lo enseña Dios- que mi amigo, por amar a Dios con todo su corazón y toda su alma, está gozando del Amor eterno en el Cielo, inmensamente feliz. Yo estaba muy contento por esto. Lo estaban también sus hijos y sus nietos, porque la cosa era evidente. Celebré la santa misa corpore insepulto, y en medio de ella, sin querer, más aún, resistiéndome cuanto pude, me conmoví y solté el trapo sin poder evitarlo. Había muerto «mi amigo». La sensación subjetiva de ridícula debilidad se alivió con el recuerdo de Jesús ante el sepulcro de Lázaro. Yo no podía ni debía aspirar a ser más «fuerte» que Jesús, es decir, más fuerte que Dios. Porque las lágrimas de Jesús eran lágrimas de Dios; dignas de Dios, porque si no, no se hubiera inmutado el rostro de Dios que es Cristo.

La Divinidad, su omnisciencia trascendente, no impide la concentración de la mirada y del corazón humano de Cristo en su amigo. Este episodio revela la intensidad humana con que Cristo vive el tiempo real concreto, con todas sus circunstancias, con todas las emociones que las circunstancias conllevan. El saber sobre los incontables seres humanos, el saber en conjunto y en detalle de toda la historia de la humanidad, el movimiento de cada uno de los peces del mar de Galilea y de todas las constelaciones que pueblan el universo, no le impide estar intensamente concentrado en su amigo. Y no puede contener las lágrimas. En verdad, cada una de ellas es una luz que ilumina no sólo el episodio de Betania, sino todos y cada uno de los momentos de su existencia terrena y de su existencia gloriosa, tras la resurrección y ascensión al Cielo. Y nos permite comprender la experiencia que expresa san Josemaría en este punto de Camino: «Jesús es tu amigo. -El Amigo. -Con corazón de carne, como el tuyo. -Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro… Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti (núm. 422).

¿CÓMO PUEDE DIOS PERMITIR TAL COSA?

Cuántas veces, ante la enfermedad propia o la muerte ajena, nos encaramos con nuestro Padre Dios y le decimos: ¿Cómo puedes permitir esto? Tú dices que eres Padre omnipotente y me abandonas a un sufrimiento como éste. Si no fuera por la fe, pensaría que la vida no es más que una broma cruel. ¿No te das cuenta de lo que me cuesta soportar semejante desgracia?

No siempre la respuesta llega en el momento deseado, esto es, en seguida. Pero llega, quizá después de mucho tiempo, después de muchas dudas y turbulencias, pero llega. Y se «oye» la voz del Padre celestial, que dice gravemente: «¡Más me cuesta a Mí!». La muerte de los santos, de los que mueren como hijos de Dios, es «preciosa» a los ojos del Padre. Lo dice su Espíritu en la Escritura Santa [pretiosa in conspectu Domini mors sanctorum eius (Ps 115, 6)],: «preciosa», en el doble sentido que permite la ambigüedad del término. Preciosa, de alto precio, algo que cuesta mucho conseguir; que supone un gran sacrificio adquirir. Ciertamente, Dios es un Padre amoroso. Nos ha creado con un amor inmenso, para la inmortalidad, para que disfrutemos de su eterna felicidad – eternamente -, en el Cielo, que es el «Reino» donde Él es «todo en todos». ¡Dios no quiere la muerte!, no la hecho Él. No es «voluntad de Dios» que muramos ni que pasemos por cualquiera de las demás angustias que vemos en el mundo. Dios «lo permite», que es radicalmente distinto a «querer». Y lo permite, ante a todo, a su costa, a costa del sufrimiento de su corazón paterno y materno inmensamente grande, infinitamente Amor. Y si lo permite es porque es una medicina necesaria para curar un mal invisible, más grave que todos los visibles: el pecado, que la soberbia diabólica introdujo en el mundo y se va desarrollando a lo largo de la historia de la humanidad.

UN CONCEPTO INESQUIVABLE

«Pecado», concepto inesquivable; que no da miedo cuando se conoce un poco la misericordia de Dios y hay voluntad de rectificar, de conversión. Para que no nos dé miedo ni nos veamos fatalmente inmersos en él, ni pensemos que es cosa trivial, Dios Padre nos envía a Dios Hijo, el Hijo de sus entrañas infinitamente fecundas, el Amado. ¡Qué no le ha costado al Padre la muerte de su Hijo unigénito, inocente, todo verdad, todo sabiduría, todo amor, todo santidad, todo él Dios! Para redimirnos. Los sufrimientos de la humanidad de Cristo, siendo tan extremados, teniendo tan infinito valor, no son nada comparados con el dolor de la Trinidad. Si aquellos cesaron con la muerte y resurrección, estos no cesan mientras haya un hijo negándose al Amor, a las obras de la fe; mientras algún mal moral ponga en riesgo la salvación eterna de algún hijo.

La muerte de sus hijos le cuesta mucho a Dios Trinidad, es el precio -¡gran precio!-carísimo de la Redención; carísimo y queridísimo, como se quiere la medicina que ha de curar para siempre.

LA MUERTE, ROSTRO BIFRONTE

La muerte de los hijos de Dios es bifronte: tiene dos caras. Una da al lado de acá y es costosa. Otra da al lado de allá y es hermosa. Porque no es la muerte a secas, en solitario, es una muerte «con Cristo» y «en Cristo», es una muerte repleta de la vida de la gran muerte de Cristo, muerte de Dios Hijo. Es morir «en la Vida», inmersos en la Vida que es Cristo. Es pues el «dies natalis» de los primeros cristianos, el día del nacimiento a la Vida conquistada por Cristo con su muerte y su resurrección gloriosa. La muerte de un hijo de Dios es la culminación de una fidelidad de amor, que merece las palabras de Jesús: «Bien, siervo bueno y fiel…»

La intensidad con que Cristo vive el dolor de cada uno de sus hermanos los hombres es plena, pero no sólo en el momento del morir, también en todos y cada uno de los momentos de nuestra existencia terrena, hasta un leve traspiés o un simple rasguño. Todos le interesan infinitamente, todo gravita sobre nuestra eternidad y todo conmueve el corazón inmenso de Cristo.

“Dios es mi Padre -escribe san Josemaría -, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome” (Via Crucis, I, 1). ¡Más le duele a Él

fuente:arvo.net