Cuando estamos viviendo en la edad adulta (de los 30 a los 60 años) nos encontramos ante la realidad de educar a nuestros hijos en su proceso personal al mismo tiempo que hemos de acompañar a nuestros padres en situaciones de dependencia en la vida cotidiana. Ser padres e hijos a la vez nos pide que afrontemos los problemas cotidianos desde la madurez y la capacidad de decidir.
Respuesta del experto/a Quico Mañós i de Balanzó Edad: Abuelos y gente mayor, Adulto joven, Adulto, Adulto
Valoración:
Ser padres de nuestros hijos comporta un compromiso centrado en el niño que se está forjando mediante la adquisición de hábitos, el aprendizaje y el descubrimiento constantes, etc.
Ser hijos de nuestros padres supone también un compromiso centrado en la persona mayor, ya formada y que tiene que hacer frente a procesos de dolor, de pérdida, de discapacidad, etc., desde la experiencia vital plena, en un proceso todavía educativo.
Y precisamente esta etapa de la vida, en la cual hacemos de padres de nuestros hijos y a la vez de hijos de nuestros padres, es aquella en la que la sociedad pide más de nosotros.
Hasta los 30 años estamos en un proceso formativo, que va desde la escuela primaria hasta los cursos de posgraduación y maestría que nos capacitan para el mundo laboral. Tras los 30, cuando uno ya se ha independizado, estamos pagando una casa, vamos faltos de tiempo, trabajamos siempre, vivimos con una presión muy grande a causa de los roles que la sociedad nos otorga como personas que trabajan, que cuidan de los hijos y que tienen que hacerse cargo de los padres cuando éstos viven situaciones de dependencia. El adulto es quien tiene el rol de aportar recursos para sostener la situación, ya sea afectivamente o económicamente, para poder vivir con “calidad”.
Cuando uno se acerca los 65 años, la sociedad lo invita al descanso. De los 65 hasta el final de la vida hay mucho tiempo para el descanso. Este “tiempo de improductividad” puede estar “vacío” si la sociedad no reconoce un rol de utilidad.
Ante esta situación, los adultos somos más conscientes de cómo ser padres y HACER de padres que de cómo ser hijos y HACER de hijos. Nadie nos ha enseñado cómo debemos afrontar la dependencia que nuestros padres puedan tener y cómo NO decidir por ellos.
Para hacer de hijos de nuestros padres hemos de estar dispuestos a respetar y reconocer la historia de su vida, tanto personal como de pareja o social, una historia de vida centrada en la experiencia y en los significados personales que configuran la identidad propia, la identificación con una generación. Se trata de dar valor a los hechos sobre los cuales han construido su proyecto de vida.
Las personas, cuando nos hacemos mayores, podemos perder en capacidad de autonomía física y funcional, pero mantenemos nuestras capacidades y nuestras potencialidades personales en mayor o menor grado. Tenemos que valorar y reconocer las capacidades que nuestros padres (o la gente mayor) mantienen y creer en ellas, ya que de lo contrario caeremos en la sustitución vital, al suplantar a la persona incluso en aquello en lo que todavía es autónoma.
Pero quizá lo más importante es no quitarles la capacidad de decidir, de hacerles participar en la toma de decisiones, de seguir considerándolos como alguien que tiene criterios para decidir lo que se hace en familia.
No en vano, hacerse mayor es disfrutar de la oportunidad de HACERSE, de construirse.







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