MATRIMONIO Y MISTERIO ESPONSAL CRISTO-IGLESIA

 

En el plan originario de Dios, el matrimonio es capaz de significar la comunión de Dios con el hombre. Si nos retrotraemos “al principio”, en la perspectiva de la inocencia originaria, el matrimonio aparece como un sacramento originario: es un signo visible y eficaz de gracia. Por eso, desde el principio, el matrimonio está orientado al misterio de Cristo y la Iglesia, de cuya unión el matrimonio es un signo o sacramento.

En la carta a los Efesios, el “gran misterio” del principio aparece referido a Cristo y la Iglesia. «Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5,25): esta entrega del Esposo es el sacrificio de la Cruz, donde el Señor consuma la oblación de su propio cuerpo en obediencia filial al Padre y constituye a la Iglesia como a su esposa.

Del corazón abierto del Salvador brota la Iglesia, cuyo nacimiento es inseparable del don del Espíritu, que Cristo “entregó” en la Cruz (Jn 19,30).

Así la Cruz, como misterio de amor y comunión, nos revela a Cristo como esposo por excelencia, que «lleva a cumplimiento la perfecta oblación de sí mismo, que los esposos desean realizar en la carne sin llegar, sin embargo, jamás a ella perfectamente» . Cristo realiza en la cruz la perfecta oblación de sí mismo por su esposa la Iglesia, constituyéndola como cuerpo suyo.

Este don de Cristo es el que constituye a la Iglesia. Pero es un don de amor, un don esponsal. Este amor esponsal de Cristo tiene su raíz última en el misterio trinitario. Dios, que es en su mismo ser comunión de amor, nos crea para hacernos partícipes de su amor.

La Iglesia, por tanto, nace del don de Cristo, que la constituye en su ser precisamente como esposa. En consecuencia, la esponsalidad de la Iglesia es una dimensión esencial del misterio de la Iglesia. En ella se nos revelan varios elementos fundamentales en la Iglesia:

a. La unión de la Iglesia con Cristo. En efecto, esta esponsalidad nos habla de la íntima unión de Cristo y la Iglesia. Como los esposos, son inseparables, la Iglesia no puede separase de Cristo. La Iglesia, como esposa, se recibe totalmente de Cristo y depende de él.

b. La alteridad: la unión esponsal nos habla de una íntima unión, pero siempre de dos que permanecen distintos. Por tanto, siempre hay una alteridad entre Cristo y la Iglesia. Esta alteridad es fundamental para comprender la profunda unión de Dios con el hombre en la encarnación, donde la unión hipostática no anula la diversidad de naturalezas.

c. La santidad de la Iglesia, que es inseparable de su misterio esponsal. Como dice Juan Pablo II, «confesar a la Iglesia como santa significa mostrar su rostro de Esposa de Cristo, por la cual él se entregó, precisamente para santificarla (cf. Ef 5,25 26). Este don de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado» .

Otro aspecto a tener en cuenta es que la Iglesia nace del don de Cristo en la Cruz, precisamente en el don de su cuerpo. Es en esa entrega corporal, por la cual el Esposo le da su propia vida en el don del Espíritu, donde la Iglesia es constituida como esposa de Cristo. El tema del don corporal aparece así como un elemento fundamental para entender el misterio esponsal de Cristo y la Iglesia.

La Eucaristía tiene también un particular relieve en este don corporal del Esposo. Como sacramento, la Eucaristía no es sólo un don del Señor a su Iglesia, sino el mismo Cristo en el acto de su entrega.

Por ello, entre la Eucaristía y el matrimonio debe existir un vínculo estrecho. Porque la Eucaristía es la memoria de la entrega sin límites del Señor y el matrimonio es la actualización de esta entrega en el amor conyugal de los esposos. El amor de los esposos puede ahora apoyarse en la entrega de Cristo que se actualiza en la Eucaristía. Y puede apoyarse porque en ella encuentra su fuente que se hace alimento y bebida. La posibilidad de amar como Cristo nos ha amado radica no en las propias fuerzas humanas, sino en la participación sacramental de su amor hasta el extremo, por lo que la “lógica del don” en el matrimonio como ley propia del amor conyugal es posible gracias al don de la Eucaristía.

La Eucaristía configura así interiormente y vivifica desde dentro el amor conyugal haciéndole partícipe de su mismo dinamismo, de su misma lógica (FC 57). Esta lógica del don se basa en un “entregarse para enriquecer al otro”, en un “amar primero”, en un “preceder en el amor”. Y aquí el amor humano encuentra que sólo si existe un amor que le precede es posible entregarse sin miedo a perderse, un darse sin miedo a vaciarse, un volver a perdonar sin miedo a ser rechazado.

Gracias a la Eucaristía la libertad de cada hombre es abrazada por un amor que la precede y que le ofrece una comunión personal, una amistad. El cristiano se encuentra así originalmente inserto, injertado diría el Apóstol Juan, en una comunidad de amor mucho más grande que la que pudiera crear con sus solas fuerzas, porque se encuentra insertado en la comunión trinitaria. Y si se encuentra llamado a amar entregando su cuerpo hasta la última gota de su sangre lo es porque ha sido hecho partícipe de la entrega de Cristo en su Cuerpo.

La Eucaristía se encuentra así en el origen del amor conyugal, como su fuente y como su principio de unificación: los diversos dinamismos que implica la relación conyugal, la atracción corporal, la armonía afectiva, la decisión de entrega quedan ahora integrados de una forma nueva haciendo que el amor conyugal con todas sus expresiones y manifestaciones sea un amor santo y santificante.

Y santifica porque la Eucaristía hace partícipes a los esposos de una cualidad del amor de Cristo muy singular. En ocasiones se oye decir que el amor más perfecto es aquel que ama gratuitamente: amar sin esperar nada a cambio. Ahora bien, ante la fuerza del amor de Cristo en modo alguno podemos entender que su amor no esperara nada, que le fuera igual la respuesta del hombre. Quien ama espera mucho, y lo que más espera es que el don que se ofrece al amigo sea aceptado por él. El amor nos vuelve vulnerables y en ocasiones se sufre mucho cuando se ama porque el don no es recibido, sobre todo aquel don perfecto que es el perdón y que no es acogido, o cuando la comunicación no alcanza el verdadero diálogo. En la entrega de Cristo entendemos cuál es el amor más grande: esto es, aquel amor capaz de regenerar el amor en la persona que se encuentra cerrada, que es capaz de transformar en amigo al enemigo.

Es así como podemos entender que no es posible vivir la verdad del estado conyugal sin una continua, profunda e intensa contemplación eucarística. Es ahí, ante la Eucaristía adorada y participada en la comunión, donde los esposos entienden la profundidad de la lógica del amor cristiano: entregarse para generar el amor y la amistad en el cónyuge y en los hijos, entregarse para construir un verdadero hogar.

Ramon Acosta Peso – Master CC Matrimonio y Familia – 3 hijas

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