La familia es el nido donde se desarrolla la vida

Después de muchas horas de buscar comida, un pájaro vuelve a su nido y obtiene el bienestar supremo de un lugar que es a la vez cálido y seguro, alejado de los peligros y distracciones del mundo exterior.
Un ser humano debería sentir la misma calidez y seguridad cuando vuelve a su hogar. El hogar y la familia son un nido, un centro en sus vidas, un eje a partir del cual se irradian todas las experiencias cotidianas.
Podríamos decir que un hogar es una necesidad humana. En los tiempos de cambios permanentes, de inseguridad e inestabilidad que nos toca vivir, el hogar ofrece al hombre un lugar seguro.
Nuestra casa y nuestra familia deberían ser los lugares donde más cómodos nos sentimos en el mundo, tanto de niños como de adultos. Ellas determinan cómo se toman las decisiones de la vida, allí se forman nuestras actitudes, conciencia y autoestima. Un hogar sano es obviamente un ingrediente fundamental en toda búsqueda de calidad de vida.
El hogar es el sitio donde aprendemos a trabajar, a jugar, a estar a gusto con nosotros mismos y con los otros. A ser interdependientes y productivos. Más importante aún, es el espacio donde aprendemos sobre la felicidad y la plenitud. Dígame… ¿qué siente cuando vuelve a casa tras una ausencia prolongada de unos meses, incluso de unos pocos días?
El hogar es una base segura que nos da la confianza para explorar el terreno de un mundo impredecible y a menudo peligroso.
Así como una persona sana suele dar su salud por asegurada, muchos de nosotros podemos no apreciar la belleza del hogar. Las actitudes y el amor de nuestros padres nos han dado una base a partir de la cual hemos construido nuestra propia vida. Pero como todo cimiento, éste es invisible: está allí, aunque nunca lo veamos.
Para apreciar el vigor de un hogar realmente provisto de amor, sólo debemos mirar lo que pasa cuando un hogar no sirve a esa función. Lamentablemente, no debemos mirar muy lejos. Mucha gente no ha tenido nunca un verdadero hogar, un ambiente cómodo donde sentirse querido y amado; donde no haya nada que temer y donde los problemas se enfrenten, en lugar de ignorarse, negarse o culpabilizarse.
Es responsabilidad de los padres construir un hogar feliz y sano; no sólo por el bien de sus hijos, sino por sí mismos y por la sociedad toda. Especialmente en estos tiempos convulsos, cuando tan pocas personas tienen hogares saludables propios, es nuestro deber dar el ejemplo.
Tener un hogar saludable depende en gran medida de nuestra postura ante el tema. Por ejemplo, nuestro trabajo puede ser importante y necesario para la supervivencia, pero el lugar de trabajo no es nuestro hogar. Hoy en día muchos adultos han reemplazado su hogar por sus carreras o aficiones; quizás porque ellos, de niños, nunca tuvieron buenos hogares, o porque sus padres pusieron sus propias carreras e intereses personales antes que el hogar y la familia.
Un verdadero hogar es más que una simple casa hermosa. La dinámica de la familia es, por supuesto, el ingrediente clave de un verdadero hogar, pero el ambiente físico también es importante: el espíritu y el aspecto de la casa. Esto no significa que debamos tener una casa grande y costosamente amueblada, sino que debe reflejar el espíritu de la familia. Un museo puede tener muebles hermosos, pero nadie querría vivir en él.
Un hogar hermoso también debe estar libre de las influencias que pueden contaminar su plenitud. Por ejemplo, todos conocemos los efectos dañinos que tiene el exceso de televisión sobre los niños y especialmente sobre los adolescentes. No deberíamos permitir que la televisión gobierne nuestro hogar.
La máxima belleza de un hogar, por supuesto, es su calidez emocional y espiritual. Hay muchos modos de embellecer una casa. Hablar y compartir momentos con los niños, invitar a sus amigos y permitir que sea usada como lugar de estudio o esparcimiento. Dejar que los adolescentes la sientan como propia, que sea su refugio (aunque se aíslen o hagan ruido). También los adultos deben utilizarla como nexo social, para cenas, reuniones o asambleas comunitarias. Esas son las cosas que hacen a una casa realmente hermosa -la gente que la vive- y esto, cuesta mucho menos que muebles de estilo, o un aparato de televisión de última generación.
¿Cómo querría usted que sus hijos recordaran su hogar? Seguramente como un sitio de calidez y bondad, donde la gente se reunía a gusto para hablar de las cosas que más les importaban. Muy probablemente, sus niños se volverán adultos que crearán la misma clase de hogar que hoy conocen. Quizás, no sería malo que recordaran sus hogares como singulares nidos… de amor.
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