Familia y vocación a la vida consagrada

 

Desde un tiempo a esta parte son muchos los foros, especialmente Parroquiales, donde se habla de este tema, no sólo por la convocatoria de nuestro Santo Padre del Año Sacerdotal, sino porque la falta de vocaciones a la vida consagrada y religiosa es palpable y en esto tienen que decir mucho las familias cristianas, la Delegación Episcopal de Vocaciones y la sociedad en general. Existe, por tanto, una preocupación lógica por el tema sin que llegue al escándalo.

Por la ventana

Si entendemos por vocación esa llamada particular de Dios para una misión determinada, una llamada que se siente, es aquí donde la familia puede colaborar pues Dios llama para una relación especial con Él y enviarnos a una misión concreta. Dicen que “si Dios llama y no le abren la puerta, entra por la ventana”. Por eso, cuando un hijo o una hija siente la llamada de la vocación, de nada sirven los llantos y pataleos de los padres. Pronto la familia comprende que el hijo que se marcha deja en su lugar un sentimiento muy profundo, mezcla de paz y emoción. Pero en todo este proceso vocacional, no es uno mismo, ni la familia sino la Iglesia la que da sentido a esa vocación.

La mayoría de las vocaciones surgen en el interior de familias cristianas que viven con coherencia su fe, pero aún cuando los padres tengan una fe viva, hay un impacto inicial al saber que un hijo ha sido escogido por Dios. Más tarde surgen por lo general ciertas dudas y temores. A veces puede ocurrir que las respuestas de los padres a la vocación de sus hijos suele depender del grado de relación y vinculación que tenga la familia con la Iglesia, de que tengan un solo hijo –como desgraciadamente ocurre actualmente-, del grado de amistad con el párroco, etc.. No obstante, la experiencia nos enseña que todas las resistencias de un comienzo, que resultan muy dolorosas para los chiquillos, se transforman en alegrías cuando ven la felicidad de sus hijos.

Difícil de entender

El deseo y la decisión de ser sacerdote es difícil de entender en muchos de nuestros ambientes sabiendo además que toda vocación es concreta y distinta: el sacerdocio, la vida contemplativa o la acción misionera; todas son maneras distintas de servir a Dios. Por ello habrá que diseñar estrategias para que se perciba con mayor claridad y nitidez esa llamada de Dios en esta sociedad de ruidos y de música para que provoquen la decisión de acudir a esa llamada.

Hoy, gracias a Dios, está muy claro que el joven que va al Seminario o al Convento no lo hace por solucionarse la vida, ni para encontrar unos estudios baratos, ni mucho menos para conseguir un puesto social relevante; lo hace sabiendo que tiene que renunciar a la prosperidad económica y al éxito social, a cambio de una vida enriquecida por su estrecha relación espiritual con Jesucristo, dignificada por la calidad de sus motivaciones, de su disponibilidad, de su entrega total y continua para servir a los demás en el conocimiento de Jesucristo y en la práctica de la vida cristiana.

A veces el déficit vocacional puede tener su causa no sólo en el ambiente social materialista-consumista en que vivimos sino que también puede estar en la misma Iglesia o en la comunidad por falta de acompañamiento espiritual con la oración o en la familia que quiere entorpecer esa vocación por las causas antes dichas. Creo que habrá que fomentar espacios de encuentro en el hogar y en la comunidad donde se hable de Dios; puede que así surjan respuestas positivas sin olvidar después el acompañamiento en todo el proceso vocacional. En ello estamos, ¿no es así?

Francisco L. Bobadilla Guzmán

Maestro. Coordinador escuela de padres

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