Enseñar en las depresiones

 

Las depresiones constituyen unos de los trastornos más habituales y frecuentes del siglo XXI, engloban diferentes cuadros afectivos y se expresan en síntomas anímicos como tristeza, irritabilidad, ansiedad, inquietud, llantos frecuentes… en síntomas motivacionales como pérdida de capacidad para sentir placer, apatía y desmotivación, falta de fuerza, en síntomas cognitivos como pensamientos y creencias irracionales y en síntomas físicos como dificultades para conciliar o mantener el sueño, fatiga, disminución del deseo sexual, molestias corporales, pérdida de apetito y de peso (en ocasiones se produce un aumento).

Sentimiento de inutilidad

Los síntomas cognitivos son fundamentales para entender estos trastornos mentales porque generan creencias irracionales que les llevan a considerarse personas inútiles, a considerar que los demás desean evitarlos y que no merecen ser felices, sus expectativas de futuro son negativas y llenas de desesperanza y se encuentran sin tiempo para poder disfrutar de las cosas que les produce placer. Estas creencias provocan también continuos errores de pensamientos como “no me entienden, no sirvo para nada”. Estas personas anticipan el fracaso sin desearlo, analizan la vida desde lo negativo y descalifican lo positivo. Además, estos continuos errores de pensamiento les lleva a magnificar los errores cometidos y a minimizar sus aciertos, a vivir desde la obligación de los “debería” que les genera mucha culpa e ira. Estas personas se creen los causantes de los males que suceden a su alrededor, llegan a desear la muerte y se colocan la etiqueta de “soy un perdedor”. Con todo lo expuesto hasta ahora no es necesario ser un experto en psicología ni en psiquiatría para darse cuenta que estos trastornos generan mucho sufrimiento en las personas que lo padecen y en los que comparten sus vidas.

¿Cómo ayudar?

Si queremos ayudar a estas personas lo primero que debemos tener claro es que ellos no pueden salir de la depresión por sí solos y que necesitan de nuestro apoyo afectivo y pleno de paciencia. Si partimos de ahí, lo segundo es enseñarles qué es un pensamiento depresivo para que se den cuenta del problema psicológico que tienen y que les lleva a continuas confusiones y a erróneas interpretaciones de la realidad. Hay que ayudarles a reconocer que no tienen base real para sus ideas y que les hace sentirse mal y hacerles ver que es conveniente cambiarlos por otros más adecuados a la realidad.

Es habitual escucharles expresiones como “no valgo para nada” que hay que irlas sustituyendo por otras como “el fallar es propio de humanos” o por  “lo voy consiguiendo poco a poco”, etcétera. Tenemos que apoyarles y animarles a que tomen sus propias decisiones aunque sean pequeñas, a que aumenten el número de actividades que realizan en el día a día y que recuperen aquellas que antes de la depresión les proporcionaba placer. El día que pasan de la sensación de culpa por no poder hacer algo a ir haciendo algunas cosas sencillas se convierte en el principio del fin de esa manera grisácea de ver la subsistencia y comienzan a percibir los primeros colores de lo que será su nueva vida.

Dedico estas líneas a todas las personas que llevan meses e incluso años interpretando la propia existencia desde el monótono de las depresiones, con el convencimiento profesional y el deseo personal de que podrán salir adelante si los apoyamos y si aprenden a pronunciar las palabras “yo también puedo”.

José María Fernández Chavero
Psicólogo clínico y Máster en Bioética

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