Educación familiar: para no llegar tarde

Ya hemos empezado a ver por nuestras calles hombres y mujeres, con su mascarilla puesta, que pretenden aliviar en lo posible las desagradables molestias de las “alergias primaverales”. Es un ejemplo insignificante de los grandes avances y éxitos que ha conseguido la “atención preventiva”. Las campañas para prevenir o detectar prontamente determinadas enfermedades están produciendo unos resultados francamente positivos.

En el ámbito educativo también se dan avances importantísimos en la atención preventiva para detectar con prontitud determinados problemas. ¡Cuánto bien están haciendo los profesionales y los equipos especializados para detectar, en los primeros momentos, posibles disfunciones en nuestros niños y adolescentes! Cuando se trata a tiempo, los procedimientos para la corrección o mejora son mucho más simples y su eficacia es muchísimo mayor. Cuando falta esta acción preventiva el problema o disfunción se complica, se enquista y, pasado el tiempo puede que sea demasiado tarde.

Pero, ya no es sólo reparar posibles anomalías o potenciar determinadas carencias en los primeros momentos, sino además se pretende fortalecer -con protocolos perfectamente diseñados- hábitos positivos en nuestros niños y niñas, aplicando una “estimulación temprana” que les facilite el aprendizaje. Y así, por ejemplo, encontramos a pequeñitos dando sus primeros pasos en un segundo idioma o identificando piezas musicales clásicas, con la facilidad con que identifican cada uno de los monstruitos que les han traído los Reyes Magos.

La conclusión es patente: la prevención de posibles problemas en nuestros hijos y la estimulación de aspectos que puedan favorecer su desenvolvimiento y madurez personal en el día de mañana no sólo es algo bueno, sino también necesario. Bien empleados están el tiempo, los medios materiales y personales en esta atención preventiva y en esta estimulación temprana. Nuestros jóvenes ya gozan de la eficacia de una educación que ha cuidado la prevención de posibles disfunciones y la estimulación en determinados campos del aprendizaje. Bendito sea Dios por estas conquistas.

Carencias

Pero, si seguimos mirando serenamente a este importantísimo colectivo de adolescentes y jóvenes, detectamos profundas carencias. Si quisiéramos calificar a nuestros jóvenes de forma breve y sencilla, diríamos que tenemos una juventud indefensa. Me atrevería a decir más: cada vez más indefensa, más débil, más manipulable.

Unos jóvenes que han crecido sobreprotegidos en el ámbito familiar, que no han aprendido a detectar las hostilidades del ambiente, que no tienen fuerzas en su interior para contrarrestar ese ambiente y, por tanto, para no sucumbir en el fango de esos entornos adversos.

Débiles por una parte y, a la vez, creando frecuentemente conflictos en la familia o en el ámbito escolar, por otra. Se les ve desorientados, empujados al atractivo irresistible de la última novedad. Debilidad que, por afectar a la estructura de su personalidad, se refleja en muchos campos, incluido el ámbito escolar. Las exigencias y niveles de calidad han bajado –dato claramente contrastado- y, a pesar de ello, existe un fracaso escolar que, superando ya el 30%, nos lleva a un callejón sin salida. La atonía, la falta de interés, la desmotivación son carencias que, tanto las familias como los gobernantes, pretenden que los educadores corrijan, sin aceptar que, en la mayoría de los casos, “ya llegamos tarde”.

Negocio con adolescentes

No digamos nada si esta mezcla explosiva de debilidad interior y de atonía y falta de motivación se entremezcla, más frecuentes de lo que se dice, con ambientes donde se respira un aire turbio de alcohol, droga o sexo o la mezcla de los tres ingredientes. Son presas fáciles de tantos embaucadores malvados que tienen montado su negocio sobre nuestros adolescentes y jóvenes.

A estas reflexiones, que he compartido con padres angustiados y con educadores preocupados, podemos ponerles rostros. Tienen nombres y apellidos. Y está comprobado que el paso del tiempo, por si sólo, no soluciona ninguna de estas profundas carencias que traen consigo tanta infelicidad, tantas lágrimas y tanta destrucción. Además, las causas que sustentan esos casos dramáticos, están presentes, de alguna manera, al acecho de nuestros niños y adolescentes. Es decir, el riesgo es a mi entender grande y también grave

¿Qué podemos hacer? Estoy convencido de que hay un camino seguro: Cuidar con esmero la educación en la familia y así, con la ayuda de Dios, no llegaremos tarde.

Mateo Blanco Cotano

Sacerdote. Doctor en Teología y Pedagogía

mblanco@unex.es

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