Crisis económica, desempleo y familia

En todos los medios de comunicación, pero también en nuestras conversaciones ordinarias, en nuestra propia vida y en nuestra propia familia, una y otra vez oímos, leemos y comentamos hasta la saciedad la brutal crisis económica y el paro que existe, no sólo en España sino a nivel mundial, sin profundizar en nuestros comentarios sobre las repercusiones y “daños colaterales” que lleva consigo no sólo para los que la sufren directamente sino en sus familias más allegadas: padres, hijos, hermanos y abuelos fundamentalmente.

El paro, que supera ya los tres millones, se ceba en los más jóvenes y el listado de menores de 30 años apuntados al INEM alcanza el millón. “Ser joven hoy en día está penalizado”, afirma el profesor de Sociología de la Universidad a Distancia, Antonio López.

Una generación marcada

Estos jóvenes nacidos en los años 80 y que se ha venido en llamar la “Generación Y”, sufren su primera crisis económica y tienen grandes dificultades para afrontarla al haber sido educados en una sociedad de consumo, en una época de bonanzas económicas. “Han pasado de una etapa de oportunidades laborales a otra de exclusión social” y las consecuencias van a ser graves. “Esta generación va a necesitar el apoyo emocional y económico de sus padres, va a retrasar el tener hijos y puede que tenga que empezar a competir por trabajos que antes no quería”, sigue afirmando el mismo Profesor.

La hipoteca, la alimentación, el vestido, el hogar, el coche, el ocio y la formación, exigen un puesto de trabajo que se ha perdido, al menos temporalmente. ¿Qué hacen los jóvenes ante esta situación? Muchos percibirán el desempleo y las ayudas sociales, pero serán insuficientes y puede que se terminen antes de encontrar un nuevo puesto laboral. ¿A quien o a dónde recurrir entonces?

Es aquí donde me quiero centrar pues es la FAMILIA, esta familia “nuclear”, la que sufre, no sé si esta es la palabra acertada, una gran parte de las consecuencias del desempleo de sus hijos, pues ella es, la familia de los padres y abuelos, la que, según sus posibilidades económicas y culturales, los vuelve a acoger en su hogar, les dará sustento y alimentación y sufragará los gastos mínimos necesarios para su supervivencia hasta que pase la crisis o la situación laboral se encauce de nuevo. Pero no es solamente eso, sino que lo hace con el cariño y el amor que le es propio por su naturaleza paternal y maternal, los animan y les dan esperanzas en que la situación que padecen no se eternizará y vendrán tiempos mejores, les ayudarán en la educación de sus hijos -pues muchos estarán ya casados- y sus nietos son “sagrados” para ellos y lo que es mejor, todo lo harán con alegría y satisfacción, a cambio de nada, sin reproche alguno, con la simpatía y la amabilidad que les caracteriza, aún dentro de las lógicas preocupaciones, porque todo termine pronto y sus hijos vuelvan a normalizar sus vidas, recompongan y retornen a su hogar y puedan realizarse como personas, como familias y como profesionales en un futuro próximo.

Desde el Congreso

En el Congreso Diocesano de la Familia que celebramos en noviembre pasado, decía Jaime Mayor Oreja que “en la Unión Europea, en España, en nuestra sociedad se ha alcanzado un desequilibrio cierto. El desequilibrio producido entre el bienestar que disfrutamos y el esfuerzo que desarrollamos”. Ciertamente, cuando se vive por encima de las posibilidades de cada uno y se gasta más de lo debido, es cuando nos encontramos no solo con una crisis financiera, sino con una crisis de valores tanto en las familias como en la sociedad en general.

Es, por tanto, buen momento el de ahora para reflexionar sobre el enfoque que tanto el Estado como la sociedad actual debemos dar a la familia como lugar de encuentro, como hogar donde se siente el amor, la generosidad y el compartir los éxitos y fracasos, como escalón de ayuda y comprensión en estos momentos de necesidad para conciliar la vida familiar y laboral y como refugio seguro, gratuito y cariñoso para superar esta etapa de crisis y desempleo que estamos padeciendo. Esta es la forma de actuar y estos son algunos de los valores que la familia cristiana intenta inculcar en sus miembros.

Creo sinceramente que es deber del Estado y de la sociedad colaborar y ayudar con sus leyes y presupuestos a esta familia que está supliendo en gran medida las carencias sociales que se padecen en este sentido. Esto es lo que se reivindica y como ejemplo y testimonio más claro ahí lo hemos podido contemplar tanto en el Congreso y Encuentro Diocesano de la Familia en Badajoz con sus más de 4.000 asistentes y el de Madrid con cerca de dos millones de personas en la Plaza de Colón. Ánimo y adelante. En ello estamos… o ¿no?

Francisco L. Bobadilla
Maestro. Coordinador de Escuela de Padres

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