Contar con los demás

 

 •Interdependencia personal

•Jugar en equipo

•La soledad moral

•Superar el egoísmo

•Ponerse en su lugar

•El abismo de la soledad

Interdependencia personal

Todos hemos venido al mundo como niños totalmente dependientes de otros. Hemos sido dirigidos, educados y sustentados por otros durante bastante tiempo, y está claro que si no hubiera sido así no habríamos vivido más que unas pocas horas, o a lo sumo unos pocos días. Después, nos fuimos haciendo cada vez más independientes. Se podría decir que nos fuimos haciendo cargo gradualmente de nosotros mismos.

Una persona con una dependencia física (un paralítico o un enfermo de Alzheimer, por ejemplo), necesita ayuda de los demás. Una persona que sea muy dependiente emocionalmente, tomará sus decisiones y se sentirá segura muy en función de la opinión de los demás, de lo que otros piensen de él. Una persona que sea muy dependiente intelectualmente, cuenta con que otros piensen y decidan por él ante los principales problemas de su vida.

En cambio, una persona independiente se desenvuelve por sus propios medios, tiene su propia opinión sobre las cosas y sus propias pautas para la construcción de su vida.

Sin embargo, esa independencia personal, que es un logro decisivo en la vida, ha de tener también su justa medida. Porque ser absolutamente independiente no parece que sea el gran paradigma de la existencia. Entre otras cosas, porque los más altos logros de nuestra naturaleza tienen siempre que ver con nuestra relación con los demás. La vida humana lograda es de por sí —por llamarlo de alguna manera— interdependiente.

La sensibilidad de este final de siglo ha entronizado a veces de modo exagerado la independencia, como si fuera la más grande meta humana y una garantía segura de felicidad. Sin embargo, un mal entendido afán de independencia puede en muchos casos acabar en dependencias mucho más amargas.

Por ejemplo, la que se ve en esas personas que abandonan su matrimonio y sus hijos en nombre del amor y la independencia, aunque en el fondo lo hacen por razones egoístas bastante fáciles de suponer. O en la de aquellos que desatienden a su familia, o traicionan a sus amigos, o renuncian a sus principios, en razón de un desmedido afán de afirmación personal en su trabajo, de ganar más dinero o de alcanzar mayores cotas de poder. O la que se ve en aquellos otros que hablan de romper las cadenas, liberarse, vivir la propia vida…, y en realidad están con ello sujetándose a otras cadenas que suponen dependencias mucho más fuertes, porque son dependencias que están en su interior: en una búsqueda egoísta de placer o comodidad, en una renuncia a enfrentarse a la propia responsabilidad, o en echar la culpa a los demás de todo lo que les resulta difícil en sus vidas.

La independencia personal nos hace actuar por cuenta propia, en vez de entregar a otros el control de nuestra vida, y eso es un logro muy importante. Pero no es suficiente como meta final de una vida. Parece claro que conviene siempre añadir a la independencia una buena dosis de sensatez y buen criterio, para no caer en la idiotez independiente, que no por independiente deja de ser idiota.

La vida, por naturaleza, es interdependiente. El hombre no puede buscar la felicidad poniendo la independencia como valor central de su vida. De entrada, porque cualquier logro en la vida afectiva de una persona pasa necesariamente por depender en cierta manera de su mujer, su marido, sus hijos, sus amigos, su proyecto profesional, etc. Por otra parte, todos necesitamos depender también de unos principios, ideales y valores personales acertados.

En definitiva, se puede ser independiente y comprender que se avanza más trabajando en equipo, que necesitamos enriquecer nuestro pensamiento con los de otras personas, que hay que ser fiel a unos valores seguros, o que todo hombre necesita dar y recibir afecto. La vida ha de plantearse buscando compartirla profunda y significativamente con otros, y esto siempre supone un contrapunto a un afán de independencia mal entendido.

Jugar en equipo

Si a cualquiera nos preguntaran cuáles han sido las experiencias más enriquecedoras de nuestra vida, las que mejor conservamos en la memoria y recordamos con mayor satisfacción, casi siempre nos referiremos a vivencias personales dentro de un conjunto de personas a las que apreciamos. Quizá sea la familia, o un equipo de trabajo, o un grupo de personas dentro de un determinado ámbito cultural, o de un deporte, o de lo que sea.

Saber compartir, hacer equipo, sentirse unido a otras personas, es siempre gratificante, y también de ordinario un buen acicate para esforzarse, para mejorar. La presencia de otros nos inspira y estimula a un nivel quizá difícilmente accesible para nosotros yendo en solitario. De los demás aprendemos muchas cosas que nos enriquecen enormemente, y por ayudarles a veces nos sorprendemos haciendo cosas que quizá incluso no haríamos ni por nosotros mismos.

Los demás son un elemento decisivo en nuestra mejora personal. Es cierto que la fuerza para cambiar depende en gran parte de uno mismo. Pero también sabemos que las personas que nos rodean pueden ayudarnos o estorbarnos mucho en ese camino. La capacidad para cambiar se ve reforzada cuando sabemos convivir con los demás, cuando sabemos trabajar en equipo, cuando logramos estar cercanos a las personas que componen nuestro entorno.

El que se esfuerza dentro de un ámbito de confianza e ilusión, bien integrado entre personas a las que aprecia, normalmente se esfuerza más y mejor. Y eso suele producir un benéfico efecto feedback. Cuanto más das, más recibes, y mejor clima de colaboración y apoyo logras, lo cual siempre refuerza la satisfacción de todos.

Se trata de saber integrarse lo mejor posible en los ámbitos de relación en los que participemos. Como ha escrito Anthony Robbins, todos jugamos en varios equipos: la familia, nuestro entorno profesional, nuestra ciudad, nuestra cultura, nuestro país, la humanidad entera. Puede uno quedarse sentado en el banquillo y mirar, o bien levantarse y jugar. Y es mucho mejor jugar. Compartir nuestro mundo con otros. Cuanto más demos, más nos será dado. Cuanto más participemos, más daremos y más recibiremos.

Y también hay que saber elegir equipo. Como recuerda el dicho popular, la ley más universal es la ley de la gravedad, que tiende a llevarnos hacia abajo, y nos hace abandonar muchos retos que deberíamos plantearnos. Si sabemos rodearnos de personas positivas, con deseos de mejorar, con ilusión por hacer rendir sus talentos en servicio a los demás, entonces nos veremos nosotros mismos mucho más estimulados. Si logramos jugar en un equipo así, eso es extremadamente valioso. Por eso es vital rodearse de personas que nos lleven a ser una persona mejor cada día.

La felicidad y el acierto en el vivir no depende de lo que tenemos, sino más bien de lo que somos, de cómo vivimos. Y lo que hacemos con lo que tenemos determina en gran medida cómo vivimos, hasta en detalles mínimos. Por ejemplo, si somos generosos con una persona que ha hecho bien su trabajo, y le tratamos como merece, eso nos hace mejores a nosotros y a él. Y esto es aplicable a casi todo. Deberíamos hacer una reflexión personal sobre esto. ¿Y si hiciera el propósito agradecer siempre con calor cualquier favor que recibo, o cualquier servicio que me hagan, por pequeño que sea? ¿Y si dedicara más tiempo a hacer la vida agradable a quienes me rodean? ¿Y si llamara de vez en cuando a mis amigos y familiares, sin necesidad grandes motivos, aunque sólo sea para interesarme por ellos? ¿Y si hiciera el propósito de hacer un donativo, aunque sea modesto, a la medida de mis posibilidades, cuando tenga noticia de un proyecto interesante? Es un estilo de vida. No es cuestión de tener mucho tiempo ni mucho dinero. Es cuestión de cómo administro lo que tengo, sea poco o mucho. De decidir con acierto a qué dedico mi tiempo y mis recursos. De no dejarme llevar por la rutina, sino procurar poner en mi vida un poco más de ingenio y de reflexión.

Todo esto puede parecer poca cosa, pero es más importante de lo que parece. Cualquier pequeño detalle tiene un efecto positivo sobre nosotros mismos y los demás. Y un conjunto de pequeños detalles puede cambiar por completo el ambiente de una familia, una oficina, un lugar de descanso, un grupo de amigos, un noviazgo o un proyecto cultural. Proponerse ese reto con ilusión es algo que siempre vale la pena.

La soledad moral

«Aquel chico —contaba el profesor Robert Coles— tenía quince años, le iban muy mal los estudios, y solía pasar horas y horas en su habitación escuchando música con la puerta cerrada.

»Un día le pregunté por su vida y sus problemas, y se negó a hablar de ellos, con un gesto de desdén. “¿A qué se debe ese gesto?”, le pregunté. “A nada”, contestó. “¿Y no será quizá a ti mismo?”, aventuré yo. Al oír eso, se volvió, me miró con atención, y esperó unos segundos antes de musitar: “¿Por qué dice usted eso?”.

»Sentí entonces que me había acercado a un punto importante, y que quizá ese chico estaba bastante cerca de abrir su corazón y dejarse ayudar, pero que también podía de pronto replegarse. Preferí no responder directamente a su pregunta y, con cierta incomodidad, después de haber sufrido su desplante, pero con afecto, le dije: “Me parece que comprendo lo que sientes, y sé que en esos momentos parece que uno no le puede contar nada a nadie, porque uno no sabe bien lo que le pasa, ni qué hacer consigo mismo, ni qué decirse.” El joven se quedó mirando, no dijo nada, pero cuando sacó su pañuelo me di cuenta de que sus ojos habían empezado a humedecerse.

»Hablamos varias veces, y aquel chico fue saliendo poco a poco de su abismo de desesperación, de su aparente soledad impenetrable. Le resultaba extraordinariamente costoso analizar esa mezcla de sentimientos, dudas, anhelos y heridas interiores, y sobre todo expresarlas en palabras ante otra persona. Poco a poco fue mostrándose como un joven lleno de rencores, muy reservado, desdeñoso de cualquier pauta moral, hipercrítico. Era un brillante observador que detectaba con gran intuición los errores y las falsedades de todo el mundo, pero no podía quedarse ahí y dirigía después su atención sobre sí mismo y se juzgaba también con extremada dureza.

»Sólo con el tiempo, y necesité bastante, empecé a darme cuenta de que en el fondo buscaba ayuda para evaluar su vida con criterios morales.»

Aquel chico adoptaba una actitud de escepticismo vital, con la que intentaba ocultar que habitualmente se sentía solo, raro, triste y bastante irritado. Mentía, despreciaba a los demás, vivía en medio de una sexualidad precoz y de un abuso del alcohol que le habían llevado a una soledad persistente. Una soledad que no era sólo emocional, sino también moral. Su vida había roto con los valores morales aprendidos en su infancia, y estaba pagando por ello un precio muy alto.

El abandono moral tiene consecuencias muy dolorosas, y eso es así tanto para los que acuden a un colegio de élite como para los que viven en las callejuelas de un suburbio. La ansiedad que acompaña a la falta de sentido, y a la que con frecuencia se añade el abuso del alcohol, o del sexo, o de otras cosas que intentan ocultar esa ansiedad, producen con facilidad situaciones como la que hemos descrito. ¿Y qué se puede hacer? Hay que entenderles, en primer lugar. Y luego hay que ofrecerles algo en lo que creer, algo que les ayude a controlar el impulso, la amargura, el abatimiento y la sensación de inutilidad angustiosa que acosa a todos aquellos que no cuentan con una brújula ética que les oriente en el fondo de sí mismos.

La educación moral es más importante de lo que muchos creen. Es algo de lo que tiene hambre y sed la gente joven, y que intenta denodadamente encontrar. La enseñanza moral más persuasiva es la que se transmite con el testimonio de la propia vida, con nuestra forma de estar con los demás, de hablarles y de relacionarnos con ellos. ¿Cuándo? Cuando damos las gracias a la persona que nos sirve en la cafetería, y procuramos no tratarla con la indiferencia habitual en todos. O cuando procuramos utilizar más las palabras “gracias” y “por favor”, y no de una forma mecánica, superficial y autosuficiente, sino por un deseo auténtico de aprender a romper ese apego a nuestro individualismo, para dirigirnos más a los demás y tratarles con consideración, ser importantes unos para otros, interesarse por sus cosas con tacto y sensibilidad, y expresarles su gratitud por cualquier cosa, aunque sea pequeña. O cuando perdemos el miedo a reconocer que eso que hacemos está mal, y aunque parezca no hacer ningún mal a nadie al menos nos daña a nosotros mismos. O cuando nos esforzamos en hacer más espacio en nuestro interior para los demás, y ofrecer así un pequeño acomodo para los otros, para no vivir absorbidos por nuestra propia importancia. Todo esto crea un estilo de vida, una actitud que facilita el descubrimiento de la verdad moral, y que cala de forma lenta pero efectiva en nosotros y en quienes nos rodean.

Superar el egoísmo

Cualquier persona, cuando bucea en su interior y busca en lo mejor de sí misma, encuentra bien nítida esa llamada humana a la entrega desinteresada, a darse a los demás. Educar o educarse en ese impulso generoso de servir a los demás sin esperar nada a cambio, es a todas luces decisivo para llevar una vida verdaderamente humana.

Aunque por fortuna son pocos quienes reivindican el egoísmo como elemento de la propia tabla de valores, no por eso sus efectos dejan de estar presentes de modo constante en la vida de todo hombre: se trata de una pugna que durará toda la vida, y puede decirse que quien no lucha decididamente contra sus tendencias egoístas, se encamina hacia una auténtica quiebra personal.

Igual que una persona generosa encuentra la felicidad haciendo felices a los demás, el egoísta pasa su vida quejándose de que el resto del mundo no se consagra a hacerle feliz a él.

La generosidad y el egoísmo pugnan por lograr el dominio de cada persona, y parece como si esa dominación cristalizara ya desde muy temprana edad. Un niño o una niña con muy pocos años de edad ya distingue bastante bien la generosidad del egoísmo, y hace opciones morales bien concretas. Son decisiones en las que influye mucho el ejemplo que reciben, pues en la educación de los hijos, como en cualquier proceso de formación, los gestos son más importantes de lo que parece: las conductas o actitudes egoístas engendran a su vez otras similares en quienes las observan, pues su capacidad de imitación es grande y los modelos vivos son los que tienen mayor capacidad de persuasión; los comportamientos, las palabras, los gestos, los modos de reaccionar ante sucesos concretos son imitados con rapidez y trasladados a la vida, y así se crea una dinámica que no siempre luego es fácil reconducir.

Por fortuna, sucede lo mismo en sentido positivo. Y por eso es importante que las personas descubran pronto la satisfacción personal que brota de la generosidad, del servicio, del hecho de ayudar a otros. Incluso el trabajo nos satisface verdaderamente sólo cuando vemos que aporta algo, que está contribuyendo a hacer algo positivo para otros.

“La mejor forma de conseguir la realización personal —asegura Víctor Frankl— es dedicarse a metas desinteresadas”. La búsqueda egoísta de la felicidad constituye una contradicción en sí misma, puesto que el egoísmo obstruye el camino de la felicidad. Cuando el placer o la comodidad se deben a intereses egoístas, se produce una curiosa paradoja: cuanto más se buscan, tanto más se diluyen; cuanto más se persiguen, tanto más se apartan de nosotros. Querer a los otros es el mejor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos, porque ese cariño que damos a los demás revierte en nuestro propio enriquecimiento haciéndonos mejores.

¿Y ser generoso para alcanzar una satisfacción interior no es, en el fondo, una forma solapada de egoísmo? Existe ese riesgo, sin duda, aunque no me parece muy peligroso, puesto que la propia dinámica de la generosidad va mejorando a la persona y purificando su intención y sus intereses.

Ponerse en su lugar

Recuerdo el caso de otro alumno que desde el comienzo del curso me produjo bastante mala impresión. Su actitud era habitualmente negativa, incluso un tanto desafiante. Parecía como si a cada momento tuviera que comprobar hasta dónde estaba dispuesto el profesor a permitir sus pequeñas provocaciones. También tenía dificultades con sus compañeros, entre los que era bastante impopular.

Su talante y su comportamiento en clase llegaron a producirme cierta irritación. A los pocos días de curso, decidí variar el orden que seguía en mis entrevistas con los alumnos nuevos para hablar con él cuanto antes. A la primera ocasión, le llamé. Nos sentamos, y le pregunté cómo se encontraba en su nueva clase.

Los primeros diez minutos fueron por su parte de un mutismo completo, sólo interrumpido por algunos parcos monosílabos. Aunque me esforcé por mostrar confianza, buscando el motivo de su desinterés y sus dificultades de relación con sus compañeros, apenas encontraba respuesta por su parte.

Pasé a preguntarle por cosas más personales, por sus padres, por el ambiente de su casa. Poco a poco, dejaba notar que en realidad sí quería hablar, pero encontraba dentro de sí una barrera.

Finalmente, y sin abandonar ese tono altivo que parecía tan propio suyo, me contestó: «¿Qué cómo van las cosas en mi casa? Pues eso. Fatal. Que se te quitan las ganas de todo. Usted lo ve todo muy fácil, claro. ¿Pero cómo estaría usted si su madre estuviera en cama desde hace dos años, y su padre volviera a casa bebido la mitad de los días? Estaría muy entero, supongo. Pero, lo siento, yo no lo consigo.»

Siguió hablando, al principio con cierto temple, pero a las pocas frases se vino abajo, se le quebró la voz y se echó a llorar.

Una vez roto el hielo, aquel chico abandonó esa actitud postiza de orgullo y de distancia que solía usar como defensa, y se desahogó por completo. Poco a poco fue contando el drama familiar en que estaba inmerso y que le hacía vivir en ese estado de angustia y de crispación. La enfermedad, el alcohol y las dificultades económicas habían enrarecido el ambiente de su casa hasta extremos difíciles de imaginar. A sus catorce años llevaba ya sobre sus espaldas una desgraciada carga de experiencias personales enormemente frustrantes.

No es difícil imaginar lo que sentí en aquel momento. Mi visión de ese chico había cambiado por completo en sólo unos segundos. De pronto, vi las cosas de otra manera, pensé en él de otra manera, y en adelante le traté de otra manera. No tuve que hacer ningún esfuerzo para dar ese cambio, no tuve que forzar en lo más mínimo mi actitud ni mi conducta: simplemente mi corazón se había visto invadido por su dolor, y sin esfuerzo fluían sentimientos de simpatía y afecto. Todo había cambiado en un instante.

Me recordó aquella frase de Graham Greene: Si conociéramos el verdadero fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellas. Y pensé que muchos de los problemas que tenemos a lo largo de la vida, que suelen ser problemas de entendimiento y relación con los demás, con frecuencia tienen su raíz en que no nos esforzamos lo suficiente por comprenderles.

Cuando oigo decir que los jóvenes no tienen corazón, o que no tienen ya el respeto que tenían antes, siempre pienso que —como ha escrito Susanna Tamaro— el corazón sigue siendo el mismo de siempre, sólo que quizá ahora hay un poco menos de hipocresía. Los jóvenes no son egoístas por naturaleza, de la misma manera que los viejos no son naturalmente sabios. Comprensión y superficialidad no son cuestión simplemente de años, sino del camino que cada uno recorre en su vida.

Hay un adagio indio que dice así: Antes de juzgar a una persona, camina durante tres lunas en sus zapatos. Vistas desde fuera, muchas existencias parecen equivocadas, irracionales, locas. Mientras nos mantenemos fuera, es fácil entender mal a las personas.

Solamente estando dentro, solamente caminando tres lunas en sus zapatos pueden entenderse sus motivaciones, sus sentimientos, aquello que hace que una persona actúe de una manera en vez de hacerlo de otra. La comprensión nace de la humildad, no del orgullo del saber.

El abismo de la soledad

«El matrimonio tenía dos hijos: dos muchachos despiertos, inteligentes y resabiados que conocían al dedillo la forma de tratar a sus padres para conseguir lo que se proponían.

»A menudo recurrían a buscar complicidades unilaterales cuando los padres estaban en desacuerdo, y era tal el acierto con que utilizaban sus trucos que siempre salían victoriosos: “Pero no se lo digas a tu padre”, o bien: “Sobre todo, que no se entere tu madre”. Era una forma cómoda de quitarse los problemas de encima, y de aceptar sin aceptar. O de asentir traicionando. Pero ni el marido ni la mujer se daban cuenta de que aquel sistema no sólo malcriaba a los hijos sino que los iba separando poco a poco de ellos. Estaban demasiado ocupados en organizar su vida con agendas apretadas: reuniones, viajes, estrenos, conferencias o invitaciones de alta sociedad, como para divagar sobre las consecuencias de las minucias de sus hijos.

»Más que comprenderse, se ponían de acuerdo. Y más que intercambiar opiniones, intercambiaban un poco de tiempo. Así fueron distanciándose el uno del otro. Poco a poco fueron entrando en los destructivos arcanos de la rutina. Ese tipo de rutinas que jamás deja paso a la sorpresa y a las suposiciones adversas.

»También los hijos se desligaban de ellos. No es que mediaran animadversiones destructivas: sencillamente se habían acostumbrado a la desunión de los que se consideran unidos por el simple hecho de vivir juntos en la misma casa o por llevar el mismo apellido.

»De pronto ella empezó a sufrir arrebatos de tristezas sin sentido. Eran decaimientos fláccidos impregnados de desaliento y como sumergidos en aguas heladas. En realidad ella no sabía con exactitud por qué se notaba tan desalentada, no llegaba a comprender la causa. Tampoco echaba de menos que su marido, siempre tan ocupado, se quedara impávido y no tratara de averiguar qué le ocurría para poder ayudarla. Ella llevaba demasiado tiempo aceptando que su marido jamás se inmiscuyera en sus dominios privados, y él consideraba que lo esencial era actuar como siempre había actuado: con la naturalidad propia que requerían las personas a las que nunca les ocurría nada verdaderamente distinto y agobiante.

»En ocasiones pasaban horas sentados el uno frente al otro en la misma habitación sin dirigirse la palabra. Metidos en sus cosas. O tal vez ideando como zafarse del otro para que el silencio que los estaba atenazando no fuera un silencio compartido sino algo eventual. Así comenzó aquel matrimonio a rozar el terreno de las infidelidades. Fue una transición lenta. Como el hecho de crecer. Nadie se encuentra alto de la noche a la mañana.»

Así describe Mercedes Salisachs en una de sus últimas novelas la vida de un matrimonio “respetable”, que al principio fue feliz pero que fue abandonándose poco a poco. Una vida matrimonial que se había convertido en una yuxtaposición de egoísmos y de soledades autofabricadas.

Como ha escrito Martín Descalzo, no es que todos los solitarios sean egoístas y se hayan ganado a pulso la soledad. Hay a veces mucha ingratitud que provoca muchas soledades inmerecidas. Pero, las más de las veces, el problema más grave es pensar que el problema está en el otro, o en los otros. Si una persona, al comprobar su soledad, se pregunta: ¿cuántos me quieren?, probablemente nunca saldrá de su soledad. Para vencer la soledad hay que formularse otra pregunta: ¿a quiénes quiero yo? Es preciso poner cariño en el trato con los demás, en lugar de angustiarse reclamando ser querido y valorado. Es el modo de alcanzar remedio a la soledad, porque si uno pone cariño, aunque le parezca que no sea correspondido, tarde o temprano acaba siendo querido también.

La insinceridad era otra de las causas de la soledad en aquel matrimonio. Al principio aquella insinceridad estaba en pequeñeces, pero luego fueron cosas más serias. Y, sobre todo, manifestaba cosas más de fondo. Cuando una persona falta a la sinceridad, manifiesta, entre otras cosas, una cómoda tendencia a las soluciones fáciles y limitadas al presente. Se busca salir del paso, evitarse una incomodidad, satisfacer un deseo torpe. Y lo peor es que, normalmente, lleva al final a un callejón sin salida, porque la mentira tiene una validez muy corta, y para mantener la mentira enseguida uno se ve empujado a mentir más, y eso conduce a la soledad de quien está constantemente teniendo que “actuar”. Por eso decía Jankélévitch que uno de los más duros castigos del mentiroso es la pérdida de su propia identidad. El mentiroso está encerrado en una soledad autofabricada de la que no sabe bien cómo salir. Le cuesta sincerarse, porque piensa que se le viene abajo el edificio de su vida, cuando lo cierto es que la sinceridad es el único modo de reedificarlo.

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