Cómo educar para el ocio

Hace poco más de un año, a raíz de mi prejubilación, surgían conversaciones entre compañeros y amigos sobre cómo utilizar el tiempo libre del que íbamos a disponer; había afirmaciones para todos los gustos, desde el que decía que no se jubilaba porque no sabía qué hacer, pues toda su vida la había dedicado a la enseñanza, no sabían hacer otra cosa y, por tanto, su jubilación le suponía un gran problema, hasta los que deseaban su jubilación, después de un largo y prolongado tiempo de dedicación entusiasmada y responsable a la formación y educación de sus alumnos, para realizar sus “hobys” que tenían aparcados, pendiente del descanso profesional definitivo. Estaban otros que habían sabido compaginar su ejercicio profesional con otras actividades familiares, culturales, religiosas, de voluntariado, políticas, de relaciones de amistad o lúdicas y, por consiguiente, no temían al extenso tiempo libre que les proporcionaba la jubilación, pues seguirían en estas actividades, de un modo más comprometido si cabe y que les suponían una propia satisfacción personal al tiempo que realizaban un bien positivo para la sociedad a favor de otros más necesitados.

Esto de la utilización del ocio y el tiempo libre no es una preocupación actual. Creo que fue Aristóteles quien dijo, respecto a los espartanos en su lucha contra los griegos que “aquellos habían perdido la guerra por no haber sabido utilizar el tiempo de ocio”. Entre los griegos, la educación para el ocio era una virtud, considerando el ocio como contemplación y esparcimiento en libertad. Sin embargo, para los romanos este concepto era bien distinto, pues no lo consideraban así ya que, para ellos, el ocio “era tiempo de descanso y recreación del espíritu necesario después del trabajo para recuperarse y volver con más energía al escenario laboral”.

Ocio como modo de ser

Por tanto, el ocio bien considerado, es más un “modo de ser”, algo más que utilizar el tiempo en alguna actividad, sin confundir ocio con ociosidad.

Puesto que la vivencia del ocio ha de ser una experiencia integradora entre los valores personales y el sentido que se otorga a la vida, sólo podremos lograr una vivencia positiva y satisfactoria si existe una formación para utilizar de forma razonada nuestro tiempo libre y convertirlo en un espacio gratificante y con sentido. Con este modo de ver el ocio, os diré por propia experiencia, ya que una parte de mi tiempo libre la tengo dedicada, entre otros campos, a Cáritas a través del Centro Hermano de Badajoz, que no es sólo mi propia satisfacción la que veo lograda cuando acompaño a toxicómanos, alcohólicos, enfermos mentales o inmigrantes a los Centros de drogodependencia, Médicos o Delegación del Gobierno para “solucionar sus papeles”, sino la de ellos mismos que se ven acompañados, queridos por alguien y por una institución, que por su compromiso cristiano los trata como personas llagadas por la vida que necesitan de otros para recuperar su propia identidad, que perdieron hace algún tiempo, sin saber realmente cómo ni quién es el culpable.

Problemas del ocio

Otro aspecto a destacar son los problema sociales que acarrea el ocio y del que debemos estar alerta para no caer en la tentación que se nos brinda, a veces de una manera asolapada. Un primer problema es el consumismo. En nuestra sociedad se dedica mucha energía a alentar el ocio consumista. Resulta muy difícil salir a dar un paseo o pasar un domingo con los hijos sin gastar dinero pues hay una invitación continua a ello. El slogan americano de “el tiempo es dinero” es muy aplicable en este sentido. Un segundo problema puede ser caer en la publicidad engañosa: “Beber es cosa de hombres” ¡Cuántos jóvenes han caído en el alcoholismo sólo por este anuncio publicitario! Estamos en la civilización del ocio e igual que uno se prepara para el ejercicio de cualquier profesión, también necesitamos educarnos y educar a nuestros hijos para utilizar de forma beneficiosa nuestro tiempo libre. En ello estamos.

Francisco L. Bobadilla Guzmán
Maestro y Coordinador de Escuela de Padres

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