Cómo educar la voluntad

En educación nadie da lo que no tiene. Como ocurre con el resto de los valores educativos, se educa fundamentalmente con el ejemplo. Unos padres con una voluntad débil difícilmente conseguirán mostrar a sus hijos el atractivo de la voluntad fuerte vivida en los acontecimientos de la actividad familiar diaria. Las vivencias se adquieren por imitación en la convivencia diaria. Se educa a través del trato personal y motivando con estímulos positivos y negativos.

La exigencia personal

Hay un componente esencial en la educación de la voluntad: la exigencia. No se consigue fortalecer la voluntad sin una exigencia personal. “Todo lo que vale cuesta”. Por eso es necesario hacer atractiva esta exigencia, empleando mucha ilusión y mucha paciencia en el empeño. El objetivo final debe ser la autoexigencia. Nada valioso se consigue sin esfuerzo.

Los educadores estamos convencidos de que la pedagogía del esfuerzo, como base para aprender con eficacia y tener éxito en los estudios y en la vida, debe formar parte del proceso educativo “desde la más tierna infancia”. Se educa la voluntad a base de ejercicios repetitivos de entrenamiento, como cuando enseñamos a nuestros hijos a andar o montar en bicicleta.

Fortalecemos la voluntad de nuestros hijos cuando nos negamos a satisfacer todos sus caprichos. Cuando les ayudamos a no dejarse llevar de lo fácil y lo placentero y les obligamos al cumplimiento diario de sus obligaciones y deberes, en un clima de confianza, buen humor y alegría.

No se trata de conseguir sin más niños y niñas ordenados, sinceros o estudiosos, sino de lograr que quieran ser ordenados, quieran ser sinceros, quieran ser trabajadores, porque es lo mejor para ellos. Educar la voluntad supone conseguir que quieran. Como toda capacidad humana, el hábito de querer y de ejecutar no se adquiere ni se desarrolla si no es a fuerza de ejercicios repetitivos. A esto se le llama la gimnasia de la voluntad. Consiste en realizar con esfuerzo un pequeño ejercicio diario.

Cuándo educar la voluntad

La educación de la voluntad de los hijos comienza con la educación de la voluntad de los padres. Se afirma con razón que la educación de los hijos empieza veinte años antes de que nazcan. De la misma manera se dice que la educación de la voluntad no termina nunca: al igual que el hombre, es una sinfonía inacabada.

Para educar la voluntad hay que aprovechar los momentos más propicios -“periodos sensitivos” les llama Fernando Corominas ­ del desarrollo del niño y de la niña, que les faculta para aprender de modo más fácil y atractivo. Solo hay que observar con qué velocidad aprende un niño o una niña entre los tres y los ocho años, y la alegría que les produce la adquisición de nuevos hábitos, conocimientos y destrezas.

En los ocho primeros años de la vida, se desarrolla el noventa por ciento del cerebro; y en esos años quedan definidos los cimientos sobre los que crecerá la persona. Los expertos en estos temas afirman que la “edad de oro” para el desarrollo de los buenos hábitos ­ virtudes ­ termina a los doce años.

Las investigaciones en el campo de la pedagogía y de la neurología han dejado suficientemente asentado que la etapa infantil es extraordinariamente pródiga en recursos educativos. Por tanto, cuanto más y mejores estímulos educativos reciba el niño en sus primeros años, más rápida y completa será su organización neurológica, y por tanto mayores serán sus capacidades. De aquí la importancia de conseguir que nuestros hijos adquieran, ya desde estas edades tempranas, aquellos hábitos y valores básicos que más adelante faciliten el desarrollo de una personalidad madura, libre y responsable.

En el vencimiento de las cosas pequeñas se forja la voluntad: en hacer en cada momento lo que se debe hacer aunque cueste; ayudándoles a superar el cansancio, la desgana y otras muchas dificultades.

“La voluntad es el motor de los demás valores, no sólo para adquirirlos sino para perfeccionarlos. Ningún valor puede cultivarse por sí solo si no hacemos un esfuerzo”

Como muestras de posibles actividades en el hogar, necesarias para el desarrollo de la voluntad, citaré algunas:

*.-Levantarse y acostarse a la hora prevista

*.-Cumplir los encargos asignados para colaborar en el buen funcionamiento del hogar

*.-Terminar lo empezado: encargos, trabajo, comida, etc.

*.-Respetar los horarios de comida

*.-Cuidar y tener ordenadas todas sus cosas

Realizar encargos de modo habitual, haciendo pequeñas tareas de la casa, les ayuda a crecer en responsabilidad y autonomía personal.

Muchas veces es más fácil hacer nosotros las cosas que conseguir que los hijos las hagan, pero es mucho más educativo que lo hagan ellos.

Manuel Caballero
Padre de familia y orientador familiar

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