A nuestros padres

Deseo dedicar unas líneas de agradecimiento y recordatorio a las personas que nos dieron la vida y que se convirtieron en nuestros primeros héroes y heroínas de la infancia: los padres, que son también los protagonistas de esta sección de Iglesia en Camino.

Y debemos comenzar por reconocer los muchos esfuerzos realizados por nuestros padres para transmitirnos sus principios, creencias y valores de la vida, por enseñarnos lo que sabían y por proporcionarnos los medios adecuados para aprender incluso lo que ellos desconocían o habían olvidado y eso a costa de vivir, en muchas ocasiones, con austeridad personal y de pareja.

Agradecerles, con especial mención a las madres, que siguieran adelante con el embarazo a pesar de esos primeros miedos por todo lo nuevo que surgía y que afrontasen los dolores de un parto que no contaba con las ventajas que nos proporciona la anestesia actual. Quiero agradecer sus continuos cuidados en las enfermedades, sus consuelos en las pesadillas, sus protecciones en los miedos, sus besos y abrazos desinteresados, sus muchas renuncias, sus consejos nacidos del amor y de la experiencia y que no siempre fueron escuchados.

Ellos son los que se encuentran con los brazos abiertos esperando el regreso del hijo que se retrasa o que no llega. Ahí están, para alegrarse con nuestras alegrías y para consolarnos en nuestras tristezas y en nuestras penas. Nuestros sinsabores de la vida son los suyos, nuestros dolores también les duelen, nuestra muerte prematura es su muerte en vida y nuestros logros les alimentan la idea de que “esto de ser padre y madre ha merecido la pena”.

A todos ellos, a los que siguen en medio de nosotros y a los que se fueron a una nueva realidad con otra manera de vivir y de ejercer la paternidad desde el recuerdo siempre presente, nuestras miradas y palabras agradecidas de hijos que, en muchos casos, ahora nos ha tocado ser padres.

Y todo esto se hace siendo conscientes de sus errores, de algunos castigos no justificados, de imposiciones no dialogadas, de palabras que se dijeron sin ser reflexionadas y que se recuerdan con dolor, de criterios no compartidos, de valores no adaptados a los nuevos tiempos, de cabezonerías propias de los años que se van cumpliendo, de visiones trasnochadas sobre cuestiones actuales que tanto pueden distanciar. Claro que somos conscientes de todo lo dicho, pero eso forma parte de la vida y nunca puede justificar un posible olvido, o la falta de respeto, o el enfado por sus torpezas o la cerrazón de querer hacerles ver lo que ya no pueden asimilar como lo hacían antes.

Y si ellos tuvieron la obligación moral y humana de cuidarnos y de acompañarnos en esta hermosa aventura de la vida, también llegará el momento en el que seremos los hijos los que tengamos que ir proporcionando los cuidados que necesiten y tendremos la misma obligación de hacerlo a medida que vayan perdiendo sus facultades, sus habilidades y capacidades.

En psicología decimos que una de las características de la inteligencia es la capacidad para adaptarse a los cambios que se van sucediendo y hacerlo sacando provecho de todas las etapas que constituyen la vida, con sus muchos aciertos y logros y también con sus errores y fracasos. Si aceptamos eso, entonces nos daremos cuenta que nuestros primeros héroes y heroínas de la infancia seguirán gozando de tan magnífico privilegio.

José María Fernández Chavero

Psicólogo clínico

chavero@correo.cop.es

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